1.-
Wiesbaden (Alemania, 2012)
Ernesto Fernández
El HCU y sus canciones
En un día como otro cualquiera de septiembre de 1947, el HCU (Hogar Ciudad Universitaria, en la Ciudad Lineal) me acogió por vez primera en su seno, recibiéndome con cánticos a dos voces. Era el coro del orfe que estaba ensayando para actuar en el Circo Price, en la fiesta de no-sé-qué, que Auxilio Social celebraba todos los años. El coro estaba compuesto por un grupo de chicos, serios y barbilampiños, que se esforzaban lo suyo, pues había que hacer méritos para ganarse el chusco con una salchicha dentro que se repartía el día de la fiesta.
Los protagonistas de esta historieta son mis antiguos compañeros y yo durante cinco años de estancia común en el "Hogar Ciudad Universitaria", tambien llamado HCU u Orfe --de orfanato, que decíamos de guasa los alumnos. Este hogar de estudiantes se encontraba en la Ciudad Lineal, casi enfrente de la CEA.
Wiesbaden (Alemania, 2012)
Ernesto Fernández
El HCU y sus canciones
En un día como otro cualquiera de septiembre de 1947, el HCU (Hogar Ciudad Universitaria, en la Ciudad Lineal) me acogió por vez primera en su seno, recibiéndome con cánticos a dos voces. Era el coro del orfe que estaba ensayando para actuar en el Circo Price, en la fiesta de no-sé-qué, que Auxilio Social celebraba todos los años. El coro estaba compuesto por un grupo de chicos, serios y barbilampiños, que se esforzaban lo suyo, pues había que hacer méritos para ganarse el chusco con una salchicha dentro que se repartía el día de la fiesta.
Durante un buen rato estuve escuchando cómo cantaban, al tiempo que me llamó la atención el que cada uno fuera vestido a su modo, cosa insólita para mí, que venía del Hogar Alto de los Leones donde todos sin excepción íbamos vestidos de idéntica manera; y también me dí cuenta de que tenían cara de saber más que Lepe.
Quizá por eso sintiera por un momento una mezcla de temor y de admiracion, al contemplar a mis nuevos compañeros, agrupados como estaban en un ricón del comedor a la caída de la tarde. Tenían por dirigente a Klaus –un icono de belleza nórdica-, que además de usar sombrero tocaba el acordeón, y que seguramente sería uno de tantos nazis que por allí pululaban.
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Quizá por eso sintiera por un momento una mezcla de temor y de admiracion, al contemplar a mis nuevos compañeros, agrupados como estaban en un ricón del comedor a la caída de la tarde. Tenían por dirigente a Klaus –un icono de belleza nórdica-, que además de usar sombrero tocaba el acordeón, y que seguramente sería uno de tantos nazis que por allí pululaban.
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Foto 1.-
Aquí tenemos a algunos de mis antiguos
compañeros.Están posando en el campo de “Villa Tinuca”con el HCU al fondo. Los
chicos son : Canales, Víctor, Aceitero, Elías, del Coso y Vallejo (?). Es
invierno y se están concentrando mentalmente para la conquista del Peñalara, a
cuya cumbre ya había llegado yo como si tal cosa (sin que ellos se enteraran),
desde la Laguna de Peñalara. En ese momento cantaban una canción folklórica irlandesa algo melancólica: “Muy lejos navega mi Bonny”, y a continuación, una alemana: “Venimos de tierras lejanas”. (Las canciones alemanas, tanto si están escritas para marchar como para bailar un zapateado bábaro, se caracterízan por ser muy armoniosas e incitar al oyente a marcar el paso; a menudo también, a coger un fusil y preguntar que por dónde se va a la guerra).
A mi llegada no me saludó nadie, salvo el director,
D. Antonio, quien en el almacén de la ropa me dijo: “A ver, gilipollitas,
búscate unos zapatos” . (¡Hay que amolarse con los tipos aquellos; siempre
dando la nota al frente de uno de los llamados “hogares”...!)
FOTO 2.-
Verano de 1949. “La Casita”, pequeño albergue sin
agua y sin luz que sin embargo era un paraiso para 26 alumnos que habían
aprobado. A esa edad de entonces, esas cuestas nos daban risa. Los domingos
eran algo especial, ya que los autobuses de Madrid traían a las chicas que
pasaban el día en la Laguna de Peñalara.-
A primera hora íbamos a oir misa al destacamento militar situado en la montaña de enfrente, y cuando más tarde se escuchaba por los valles el eco del gong de la “La Casita” anunciando la pitanza, volvíamos tristes al redil, dejando tras de nosotros un ramillete de flores --niñas bonitas-- que también visitaban el campamento para oir misa y, quién sabe, quizás atrídas por el olor a potro acuartelado.
A primera hora íbamos a oir misa al destacamento militar situado en la montaña de enfrente, y cuando más tarde se escuchaba por los valles el eco del gong de la “La Casita” anunciando la pitanza, volvíamos tristes al redil, dejando tras de nosotros un ramillete de flores --niñas bonitas-- que también visitaban el campamento para oir misa y, quién sabe, quizás atrídas por el olor a potro acuartelado.
Unos días después, engalanados con un atuendo de montañeros similar al de las Juventudes Hitlerianas formaron un vistoso grupo en medio de la pista de Circo Price, con Klaus y su acordeón en el centro, dispuestos a cantar lo que tan bien habían aprendido.
Mientras, miles
de niños de los hogares de la urbe madrileña, con ojos incrédulos, sostenían
con las dos manos el mítico chusco con salchicha que les acababan de dar, y,
sin acabar de creérselo, masticaban a dos carrillos. El travieso azar había
dispuesto que precisamente en ese momento se estableciera un combate sordo
entre el arte hecho canto por un lado y el ávido yantar de las masas por otro;
y como era de esperar, el condumio salió vencedor. Porque allí nadie escuchaba
nada ni veía nada más allá de sus narices; una pena, de verdad.
(A estas alturas, y bajo la perspectiva del tiempo
pasado, pienso que la mayoría de aquellos “montañeros circenses” en realidad eran
un grupo de privilegiados que apenas tenían nada que ver con el resto de
Auxilio Social, ni habían estado nunca en un “hogar” ni tampoco eran huérfanos
de republicanos “caídos” (¡en tiempo de paz!) por obra y gracia del Invictísimo
Caudillo).
EI Discóbolo
En el HCU habia una estatua: el Discóbolo de Fidias, que todavía estará encerrado en el cubículo que le construyeron por entonces con ventanita y todo para que no se aburriera.
Era un atleta
de tamaño natural y en pelotas que presidió la piscina durante tres años, hasta
el verano del 47, en que vino Eva Duarte de Perón acompañada del Delegado
Nacional, Martínez de Tena, quien en su papel de cicerone iba mostrando
orgullosamente a Evita las instalaciones del HCU.
FOTO 3.-
Verano 1960, el menda ( estaba de visita en el
orfe), contemplado una estatuilla en el jardín del Hogar Ciudad Universitaria.
Yo la hubiera hecho más grande, que lo que se tiene hay que mostrarlo
generosamente.
Sin embargo, apenas húbose largado la egregia visita, cuando apareció una excavadora echando pestes por el tubo de escape y con ganas de hacer la puñeta. Así que en un visto y no visto se llevó medio orfe por delante: la piscina, el gimnasio y el campo de hockey. Desde entonces, la autopista quedó a nuestros pies; el HCU partido por el eje, y el Discóbolo, condenado a perpetuidad a vegetar en su caseta.
Era tan poco el tiempo transcurrido desde la
inauguración del HCU que esa malhadada operación destructora resultaba absurda
y de mal efecto. Fue, por asi decirlo, la castración del edificio mas bello de
toda la Ciudad Lineal.
El HCU y sus lujos
Contemplando esta foto hecha en el hall deI HCU en el año 1960 me admiro del lujo que allí reinaba: A la izquierda, un piano que nadie tocaba; en el suelo, una especie de mosaicos preciosos con incrustaciones de metal dorado; en las paredes, pinturas murales de motivos históricos pintados por Frank (un alemán más de los muchos a los que el Delegado Nacional dio cobijo en 1945, y que era el pintor "bon vivant" de Auxilio Social).
FOTO 4.-
San Seroni y Ernesto, dos vagabundos presumiendo de
millonarios en el hall del HCU, en verano de 1960. Hasta un piano se ve ahí, que
naturalmente nadie tocaba. ¡Pero qué delirios de grandeza tan abstrusos, Sr.
Delegado Nacional!
A la vista de esa pintura, Gimenez Caballero (mi profesor de literatura), en su eterno batallar por los fueros medievales hubiera exaltado sin duda la escena caballeresca ahí representada, a pesar de que más parecía el Cid Campeador toreando en la Plaza de las Ventas. En la foto también se ven lámparas forjadas a mano, cortinones... En fin, todo de un lujo tan fastuoso como absurdo si se toma como telón de fondo las dos constantes dominantes en todos aquellos años: el canguelo y la gusa; o dicho más finamente, el miedo y el hambre.
La sala de música y el aparato de radio cedido por
la Embajada Alemana tras haber perdido la Guerra Mundial. En todo el tiempo que
estuve en el HCU no entré más de una vez en estos recintos, que, por lo demás,
no tenían nada en común con la vida diaria que hacíamos en los años 1947-52.
Qué fea es la foto y qué poco amor le tuve yo a este ala del edificio.
Otros recintos que no aparecen en la foto y que
apenas se utilizaban, como eran la sala de música, la biblioteca y el
privatísimo y luxurioso estudio de Frank, reflejaban un lujo y una opulencia
tal --en abierta oposición a la realidad que viviamos diariarnente--, que
ponían de manifiesto lo aficionado que era el Delegado Nacional a la fantasmada
grandilocuente a costa de los demás hogares.
Los "SeIeccionados”
Se dice que por aquellos años Franco ya había
resuelto despedirse definitivamente de sus antiguos compañeros de viaje: los
Camaradas de la Vieja Guardia, quienes en la hora del triunfo franquista habían
tenido la oportunidad de meter a sus hijos en el HCU, mas luego, tras la
derrota hitleriana, ya no pintaban nada.
Por eso no es de extrañar que en mi primera cena en
el HCU tuviera como vecinos a un grupo de chicos, hijos de los llamados Camisas
Viejas, quienes por haber suspendido esperaban ser trasladados, vete a saber
adónde.
Inquietos y alborotadores, ocupaban una de aquellas largas mesas de marmol del comedor (lugar este que por las noches parecía sumergirse en una luz opaca y triste, a pesar de tantísimos globos de cristal que lo iluminaban, o debieran haber iluminado, que allí también se ahorraba electricidad).
Así que ahí los tenemos, los suspensos, los réprobos, quienes dado su animado parloteo parecían alegrarse por anticipado con la perspectiva de tener que usar a diario el martillo y la lima, o el pico y la pala, que también los había antojadizos.
Inquietos y alborotadores, ocupaban una de aquellas largas mesas de marmol del comedor (lugar este que por las noches parecía sumergirse en una luz opaca y triste, a pesar de tantísimos globos de cristal que lo iluminaban, o debieran haber iluminado, que allí también se ahorraba electricidad).
Así que ahí los tenemos, los suspensos, los réprobos, quienes dado su animado parloteo parecían alegrarse por anticipado con la perspectiva de tener que usar a diario el martillo y la lima, o el pico y la pala, que también los había antojadizos.
Pocos días después, en
operación callada y suave, desaparecieron para siempre del HCU. Para muchos de
los expulsados, sensibles e inteligentes, ese acto de barbarie fascistoide
significó una tragedia. No obstante, se había hecho hueco..., que es de lo que
se trataba.
Foto 6.-
Esta foto
hecha desde la terraza del HCU nos muestra todo lo que la construcción de la
Autopista se llevó por delante: La piscina, el gimnasio con los aparatos de
entrenamiento, la bonita pérgola, el campo de hockey y el contacto casi directo con la “Casa de los
Mineros” , Villa Guitart (otra villa incautada por Falange). A continuación de
esta villa se ve el edificio principal de Alto de los Leones, luego a la
izquierda, el pabellón de las mujeres (donde estuve haciendo el nudo de la
corbata a una guapona), y al fondo, las clases. Año 1945.
¿Pero cual fue el motivo de que año tras año
suspendieran a tantos alumnos que estaban mucho más cerca de ser un Séneca que
un Abundio (el que fue a vendimiar y llevó uvas de postre)?¿Había detrás de esa
criba anual quizá un propósito inconfesable? Inconfesable sí, pero necesario.
Porque hay que considerar que “Ciudad Universitaria” era más que nada la
burbuja propagandística mejor lograda de Auxilio Social, que a la
sazón, desgraciadamente, ya no daba cabida a ningún alumno más, mejor dicho, el
presupuesto no daba para más, motivo por el que el hogar no llegó a llenarse
nunca; y sin embargo, paradójicamente, siempre sobraban algunos. (Por lo visto
este sistema de aparentar y no cumplir era “standard” en Auxilio Social, como
lo demuestra el “Hogar Sierra de Alcubierre”, en Zaragoza, donde 60 chicos
estudiaban comercio, habiendo plazas para 120, que nunca llegaron a cubrirse).
De ahi, creo yo, la falta absoluta de control en el
instituto, sin nadie que se preocupara de comprobar las notas y las
asistencias. Si lo hubieran hecho, seguro que no hubieran suspendido a ninguno,
pero hubieran despanzurrado el “sistema”.
Cada dia, a las nueve de la mañana, el chófer Carlos paraba el ómnibus (así era como lo denominábamos, de manera elegante y anticuada), ante la puerta del Instituto Cardenal Cisneros, y una "piojada" diezañera, con mucha hambre y poca experiencia, se apeaba del autobús, respirando a fondo el aire cargado de promesas insinuantes de las calles de Madrid. Exigir que esos pipiolos transpusieran diaria y voluntariamente el triste umbral del instituto, donde lo primero que veían era el tabuco oscuro del portero alumbrado con una vela por culpa de las restricciones, eso, !vive Dios!, fuera pedir demasiado.
Además como D. Julián --el celador del HCU-- según acuerdo tácito jamás apareció por allí para controlar las notas y las asistencias, no es de extrañar que docenas y docenas de promesas fallidas no pasaran, todo lo más, del quinto de bachillerato.
FOTO 7.-
Si comparamos esta foto con la anterior podemos
apreciar el descalabro tan descomunal que sufrió el HCU una vez que la
excavadora llegó a sus dominios. Aquí a la izquierda está el Hotel Guitart ,
que se salvó por un pelo. Un poco más abajo, sin embargo, grande fue la
desgracia: la excavadora se llevó por delante una de las villas más bellas de
la Ciudad Lineal: Villa Clara.
Sí, qué duda cabe; el orfe era un Belén donde reinaba la esquizofrenia, y el Sumo Sacerdote era Tena, el Delegado Nacional. Menos mal que en el fondo era –según decían- un hombre bonachón, que si llega a ser malo... Dionisio Ridruejo dice de él: "el abogado Martínez de Tena, que había sido eminencia gris de la falange...” ¡Pues qué bien! La misma eminencia gris que había nombrado director del HCU -¡un colegio universitario!- a un tal Hans L., un alemán ignorantón que ni siquiera dominaba el español.
Para mí Tena fue ante todo un inconsciente y un irresponsable - por decirlo de
manera suave-, que en ningún momento supo realmente hacerse cargo de la
situación en que se encontraban la mayor parte de los niños a su cargo, en su
mayoría huérfanos. (En 1948 el Delegado en un tris estuvo de ser destituido
(por orden de Franco) por mal empleo de los fondos de AS: Demasiado lujo en el
HCU y gran penuria en el resto de los hogares. Fue una denuncia de una jefe del
departamento de Madre y Niño de la Delegación Nacional.)
EI Instituto Ramiro de Maeztu
Fue en este instituto donde hice el ingreso de bachillerato. El día del exámen escrito Magariños me ordenó sentarme al final de la clase por haber hecho una pregunta al niño sentado a mi lado mientras él nos dictaba un trozo del Quijote. Magariños era el jefe de estudios y una auténtica institución en el Ramiro. Buen pedagogo y también muy severo, más tarde se le honró merecidamente por su labor pedagógica de tantos años.
Entrada lateral del HCU. Contemplando esa
arquitectura tan suntuosa parece mentira pero lo cierto es que la casa vecina
era un establo de vacas cuyos inquilinos (las vacas) nos meaban sin respeto
ninguno el muro de separación hasta que lo arruinaron. Si se llega a enterar
Franco...
Las instalaciones del Ramiro eran espléndidas, si bien las aulas propiamente dichas, pequeñas y habilitadas con un mobiliario moderno y vulgar, no podían competir con las aulas del Cardenal Cisneros, grandiosas y de sabor tan antiguo. Por otro lado, el Maeztu tenía una magnífica sala de cine en la que un gran número de gruesos clavos de metal dorado adornaban la pared dándole visos de lujo y riqueza.
La piscina, con los trampolines; el aparcadero de bicicletas, cada una colgada al lado de las otras -así, como si tal cosa- niqueladas y de la marca Orbea... Cuando por primera vez vi aquel emporio, recuerdo que me quedé con 1a boca abierta.
Por último, el enorme campo de deportes en el que en agosto del 46 el instituto, en ofrenda de acatamiento y pleitesía a su querido Caudillo, le dedicó una tabla de gimnasia y las siglas del “Victor” sobre la hierba, en camiseta y calzoncillos. Y yo, que a la sazón era tambor en la banda del Hogar Alto de los Leones y nos habían llevado allí a dar la murga, recibí en la tribuna con bombo y platillo al señor ese, de presencia más bien vulgar y afeminada, que en una tarde del 39 en la hora amable del café, entre sorbo y sorbete y con un simple trazo de su famosa estilográfica me dejó huérfano para toda la eternidad.
Poco después se quiso evitar el pagar una matricula tan cara, o quizás fuera el temor a que la "piojada" orfeña inundara parajes tan finos; como quiera que fuere, el caso es que nos transladaron la matrícula al Instituto Cardenal Cisneros con los proletarios.
Año1955, equipo de hockey del hogar, lo que le
permitía codearse con los chicos“pera”del Hockey Club Casa de Campo. En mi
opinión, una chaladura más del Delegado Nacional. En el grupo hay de todo:
Cuatro o cinco que ya se han muerto; un maricón (por lo menos); un pedantón
alemán , una chica (Carmen Pino, (hola guapa)), que escribió sus Memorias en el
Hogar María de Molina (el hogar de estudios de las hembras); el mejor portero
de hockey de España... Pero en general, como el resto del HCU, todo muy
mediocre.
Los alumnos del Maeztu eran niños finos que tenían pluma estilográfica en el bolsillo y cartera de cuero a la espalda. Además olían a jabón de Heno de Pravia y a bocata de jamón serrano. Eran niños que irradiaban la alegria y felicidad del que se mueve en un mundo cómodo y cálido, sin dolor, rodeados de cosas bellas y bien alimentados, en el que además abundaban los libros y las bicicletas. Y como nada les faltaba, hasta tenían un papá que les llevaba en auto, como el Hassán II, que llegaba al Ramiro todas las mañanas en su cochazo negro.
Además en
verano se íban durante tres meses a la Concha o a Laredo, y una vez empezado el
curso, los fines de semana, se citaban en el Cine Colón. Sus mamás eran bellas,
limpias, elegantemente vestidas y olían a Chanel 5.
A la vista de tanta gloria, ganas le daban a uno de ser un niño del Ramiro de Maeztu, pero no de los que planchaban los pantalones del domingo metiéndolos debajo del colchón --que tambíen los había--, sino de aquellos otros que, el dia de mi ingreso, con tal gracia y tan seguros de sí mismos saltaban del trampolín de la piscina, o jugaban al baloncesto en la cancha del instituto, al tanto que un grupo de admiradoras, de "niñas bien", vestidas al desgaire con finas galas, desde la banda les animaban con sus grititos comedidos: “¡Oh, Javier, qué intrépido eres!”
A la vista de tanta gloria, ganas le daban a uno de ser un niño del Ramiro de Maeztu, pero no de los que planchaban los pantalones del domingo metiéndolos debajo del colchón --que tambíen los había--, sino de aquellos otros que, el dia de mi ingreso, con tal gracia y tan seguros de sí mismos saltaban del trampolín de la piscina, o jugaban al baloncesto en la cancha del instituto, al tanto que un grupo de admiradoras, de "niñas bien", vestidas al desgaire con finas galas, desde la banda les animaban con sus grititos comedidos: “¡Oh, Javier, qué intrépido eres!”
Ahí te dejo, Ramiro de Maeztu, con tu caudillo protector montado en su penco correspondiente a la entrada del instituto, que yo, ahora, me marcho a barrios más castizos.
El Instituto Cardenal Cisneros
A la salida del metro de Noviciado, pegado a la
Universidad Central, se encontraba el instituto, en la calle de los Reyes, “la
Calle sin Sol”, como la había bautizado Miguel Cerrada, en un golpe de humor.
El inmueble, seguramente edificado varios siglos antes, era un vetusto y
venerable caserón cuyos muros de granito -más propios de una fortaleza que de
un centro docente- conservaban la salmodia del diario declinar en latín y el
eco de las voces infantiles de los pipiolos.
Durante muchos años había sido seminario, de lo que daba testimonio la espléndida escalera de marmol con la vidriera redonda, polícroma, en lo alto de la misma. También pertenecía al instituto un patio de recreo y deportes, abandonado y sin utilidad ninguna, que sólo pisamos una vez para ser fotografiados en grupo al comienzo del primer curso.
Primer curso, septiembre 1947, patio de deportes
(fuera de uso) en el Instituto Cardenal Cisneros. El autor de esta historieta
--Ernesto Fernández-- está sentado en el extremo derecho del banco, sin abrigo,
desnutrido, serio, y con una mancha en la frente que le ha puesto algún
bromista.
De los orfeños del Auxilio Social, 18 fueron los
llamados y sólo cinco los escogidos (los aprobados). Y es que el sistema de
autoeliminación funcionó con la fidelidad prevista y deseada, ya que había
muchos otros esperando para ingresar. ¡Mi felicitación, Sr. Delegado Nacional!
Entrar en un
aula del Cisneros era como volver a pisar el siglo XIX.
La de ciencias, por ejemplo, tenía sobre el alto dintel de la puerta un letrero de esmalte, estrecho y alargado, que decía: “Aula n° XIII”, así, en números romanos. Sus ventanales, también muy altos, daban a un patio sin vida, no nos fuera a distraer. Cada banco mostraba en el respaldo cuatro placas ovaladas de esmalte blanco con el número de cada uno --cien en total, tantos como éramos en primero y que era la capacidad de las aulas--, lo que permitía al profesor comprobar de un vistazo si faltaba alguno.
La de ciencias, por ejemplo, tenía sobre el alto dintel de la puerta un letrero de esmalte, estrecho y alargado, que decía: “Aula n° XIII”, así, en números romanos. Sus ventanales, también muy altos, daban a un patio sin vida, no nos fuera a distraer. Cada banco mostraba en el respaldo cuatro placas ovaladas de esmalte blanco con el número de cada uno --cien en total, tantos como éramos en primero y que era la capacidad de las aulas--, lo que permitía al profesor comprobar de un vistazo si faltaba alguno.
El suelo de gastadas tablas de madera, escalonado y ascendiente, multiplicaba el ruido de los vacilantes pasos del alumno solicitado a la pizarra o a la tarima. El singular brillo de los bancos, producto del roce de cientos de traseros envueltos en honrada pana, estaba en contraste con las feas muescas que mostraban los pupitres, obra sin arte salida de la navaja de algún alumno aburrido en tarde de invierno. Y en la pared del fondo se encontraba el reloj --grande, exagonal y con cifras romanas--, que tantas veces atrajo nuestra mirada anhelante, poco antes de que sonara el timbre, estridente y jubiloso, dando la hora en el pasillo.
A la entrada de la clase, en lo alto de la pared -el aula tenía unos cinco metros de altura-, estaban fijas unas láminas que rezaban: "Periodisches System der Elemente von Mendelejew"; y otra más: ”Poliedros regulares: tetraedro, dodecaedro, etc.”, y al no saber de qué iba y no tener a quién preguntar, esas láminas me parecian enigmáticas e inquietantes.
A la derecha, la enfermería y el balcón donde el día
de la inauguración apareció Franco impartiendo bendiciones.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención nada más entrar en elaula era el estrado, con la tarima de madera, amplia y elevada, a la que se subía por dos escaleritas laterales. En el centro de la misma se encontraba la mesa del profesor, larguísima y con tres sillones de recio cuero, a la usanza de los tiempos de Felipe II.
Circundaba la tarima una barandilla de hierro forjado, tan alta como la mesa, y detrás de la mesa, insertas en la pared, estaban las vitrinas, llenas de instrumentos polvorientos del año en que se descubrió la electricidad: Bobinas eléctricas, gordas como porras, voltímetros de a kilo y balanzas exactas de poco fiar. Todo aquello era muy antiguo y más viejo que la tos. No obstante, algo mágico tenía ese ambiente vetusto y venerable, que, además de informar el espíritu del alumno, le iba transmitiendo, año tras año, la solera intelectual y el indispensable amor al estudio.
Los catedráticos del Cardenal Cisneros
Los catedráticos del instituto Cisneros se caracterizaban por dos cosas: por su enorme saber y porque eran muy viejos. Y yo, hoy que he alcanzado su edad, ¡cuánto cariño siento por ellos! Esos hombres, tan sabios y a menudo por las nubes, con apodos crueles y excentricidades grotescas, eran los últimos representantes de una especie condenada a desaparecer.
Su más egregio representante era el de latín,
Vicente García de Diego, que aunque Bibliotecario Perpetuo de la Real Academia
Española, para nosotros -indoctos pipiolos- no dejaba de ser "Mito".
Frase típica suya: "!Es Vd. un burro. Nos pasamos el día hablando latín,
así: de ager,agri: el agricultor; de campus,campi: el campo. Siéntese, un
cero!"
Don Ernesto Giménez Caballero, mi profesor de
literatura en el instituto Cardenal Cisneros. A su lado, Gloria, la mujer de Dionisio
Ridruejo. Acostumbraba a venir cada día al instituto con esa cartera en la
mano, que era la expresión visual de un rito invariable y tranquilizante. Nunca
nos recomendó un libro como lectura; seguramente porque se pensaba con razón
que no teníamos un duro para tales gollerías. Así que nos conformábamos con
recitar El Mío Cid, la Égloga Carnaval y la Cantiga de Serrana, que tanto me
gustaba.
El profe de
literatura era el archiconocido Ernesto Giménez Caballero, que era exaltado,
entusiasta y fantaseador, aunque también realista, ya que poseía una de las
imprentas más importantes de Madrid. Hizo mucho por la literatura moderna
(fundador de La Gaceta Literaria), por el documental de cine y por la obra
pedagógica. Infaustamente, también fue el artífice de cosas tan estrambóticas
como ese galimatías de "Por el Imperio hacia Dios" y similares.
El que identificara la estilográfica de Franco
con el falo del mismo también pasó a la historia.
No obstante,
era un profesor bondadoso que jamás suspendió a nadie. Su manera de organizar
la clase en plan de torneo medieval se hizo legendaria. Desgraciadamente, muy
pocos -quizá ninguno- llegó a calar en la enorme oportunidad que tuvimos de
estudiar a fondo toda la literatura española y europea con su libro de texto,
tan erudito.
Franco, con
ese alma tan roma que tenía, no podía entender a los poetas y soñadores como
Dionisio Ridruejo y Giménez Caballero (aunque ambos hayan sido en su tiempo dos
“fachas” de órdago); así que envió al primero al destierro, y al segundo, de
embajador a la embajada más lejana que tenía, al Perú.
La piscina del hogar, año 1944. No parece que
hiciera mucho calor, pues esos calzonazos se lo están pensando mucho antes de
tirarse al agua.
El de francés en primero era el Padre Peinado, un anciano de manos temblorosas. Su clase era por las tardes, y cuando el rumor de voces subía más de la cuenta levantaba el brazo y agitando en el aire la lista enrollada en la mano gritaba algo que nosotros entendíamos como "con la lista" , o sea, al que hable alto le daré con la lista. Mucho después entendímos lo que quería decir, "con la vista", no en voz alta. Anécdota pija, pero divertida para mí.
A partir de segundo tuvimos en francés a Manuel del Palacio Chevalier, más conocido por "Cubillo", excelente en ambos idiomas. Alto, seco, de mejillas chupadas y muy tieso, marchaba por los pasillos cual dolorida caricatura, atrayéndose la mofa despiadada de la manada estudiantil.
Veamos ahora a través de una escena real durante la
clase de francés la candidez del profe en diálogo con un alumno del HCU:
-El alumno Carrascal Redondo: "Sr. profesor, me he caído y me he hecho mal en un pie”.
-Profesor: "Palabra de falangista, más o menos
caballero, es siempre palabra de falangista. El Sr. Redondo ha sufrido un
accidente; llévenlo entre dos a la casa de socorro y si no pueden, llévenlo a
pulso" Y conteniendo a duras penas la risa, estos pícaros se escaparon a
tomar el sol.
Claro que en abono del profe hay que decir que tanto él como la mayor parte de los catedráticos del instituto habían escrito los libros de texto que usábamos.
Claro que en abono del profe hay que decir que tanto él como la mayor parte de los catedráticos del instituto habían escrito los libros de texto que usábamos.
El orfe desplegaba todo su esplendor en verano con
los toldos verdes bajados, las barandas y puertas también verdes, sobre un
fondo blanco deslumbrador. A pesar de faltar algunos detalles, esta foto
también me gusta, por eso la he metido aquí.
Los otros catedráticos eran: Fiteras, de matemáticas, el de los "castillos" cuando explicaba los quebrados (yo veía por primera vez un quebrado). Don Agustín, de ciencias; seguramente era el único catedrático en toda España que aparecía en clase con el birrete y la borla de color. Cada vez que mencionaba a un científico extranjero --generalmente era un alemán--, corría a la pizarra a escribir el nombre, del todo ininteligible para nosotros.
Le siguió Espona, un profe "bueno", de los que no suspenden.
Tolsada, de
literatura, quien calificaba de manera tan hiperbólica que lo mismo te endiñaba
5 ceros que un 10 al cubo de una vez.
El de dibujo,
"Moquillo": "Hay que sacar la punta exagerada, de dos ctms.”
Doña Juliana,
de geografia, que me puso un cero por no saber las partes de la Historia.
Y aquel sadista, el de geografía, gordinflón y untoso, que con una mueca sardónica nos decía: "Haceis ruido poque teneis hambre; sí, ya veo que no habeis comido", y flores parecidas.
El profesor
de gimnasia, del pueblo de Serrano, que gracias a su intervención evitó que le
suspendieran, pues Serrano clamaba: "¡Que me echan!”
El de matemáticas, con una hija pipuda con la que hacíamos las prácticas de química. Cada vez que sonaba el timbre de salida gritaba él: "¡Ahora más silencio que nunca!", y golpeaba la mesa con la mano, sapicándole la tinta.
"Centella"
y "El Niño", también de matemáticas; este último, con una luenga
barba blanca.
En la
creencia de que iba a ganar el Premio Nobel de Arte, en agosto de 1960 hice
esta foto de la Autopista de Barajas con la genialidad de esas dos bolas en
primer plano. Es el Puente de la CEA, la cual queda a la derecha; y a la
espalda del fotógrafo, una vez atravesadas las vías, está el HCU.
El de griego, "Neanias" (el joven, en grigo), pues sólo tenía unos cuarenta y tantos años; en comparación con los otros catedráticos, un pibe. ¡Ay, Neanias!, instrumento del Destino. Su chivatazo de que faltaba a clase provocó mi expulsión fulminante a punto de terminar el quinto curso (en los cuatro cursos anteriores no me habían suspendido ni una sola vez; nota media: notable).
Cuando el profesor se
enteró de las consecuencias, se quedó consternado, convencido como estoy de que
en realidad sólo quería ayudarme. (La causa de mi “malheur” era que había
llegado a la pubertad con sus problemas, y yo, ni zorra idea de qué era aquello).
Miss Orfelia,
de inglés; una inglesa preciosa con un coche topolino. En navidades llevaba una
gramola de manivela y villancicos ingleses.
Alexandre, el de fisica y química; me echó de clase por reirme cuando explicaba la electricidad estática y había dibujado unas bolitas que pendían de un cilindro que a mí me recordaba a un pene. ¿Por qué no consideraría que yo estaba en plena pubertad?
Y por último,
el de filosofía, Sr. Alegre, con quien impulsado por una extraña corazonada me
lancé a hacer el test de montar un manubrio con dos émbolos, y dado el tiempo
que empleé me dijo: "Vd. no valdría para mecánico." Si me llega a ver
algo mas tarde en Alemania montando motores como una fiera...
Los Alumnos del Cardenal Cisneros
Casi todos los alumnos del Cisneros eran hijos de trabajadores o de sencillos empleados, por eso no es de extrañar que allí ninguno fuera nunca en coche, ni siquiera en bicicleta (¿dónde la hubiera aparcado?), y solamente dos hermanos --muy espigados los dos-- llevaban cartera de cuero a la espalda; los demás, carpetas de cartón.
De todos
modos, los hubo con suerte: Pereda, por ejemplo, que tenía como vecino de banco
a Pato, chico fino y por lo visto acomodado, quien todos los días le daba el
bocadillo que traía de casa. A mi izquierda sin embargo se sentaba el hijo de
un taxista, y un día con mucho misterio me dijo: "He traido un
bocadillo"...; algo repelente, en verdad: era de pescado cocido.
Algunos pasaban lista, y todavia resuena en mis oidos la cantinela diaria de "...Falla Ramos, Fernández Agudo, Fernández Fernández...”
Algunos pasaban lista, y todavia resuena en mis oidos la cantinela diaria de "...Falla Ramos, Fernández Agudo, Fernández Fernández...”
Sobre el campo de “Villa Tinuca” y con el HCU de
fondo se han fotografiado Federico Aceitero y Elías García. Éste, pocos años
antes, al intentar dormir en una de aquellas camitas del Hogar Alto de los
Leones, las guardadoras santiguándose gritaban: ¡No cabe en la cama; si es un
hombre...! -A la izquierda, Federico, ese huracán, vital y extrovertido, quien, poco antes de
irse para siempre a navegar (era marino) por el Cosmos sin límites, estuvo recogiendo con mi
ayuda los papeles del recuerdo.
En 1947 la promoción del Cisneros venida del Hogar Alto de los Leones, éramos los siguientes:
Ernesto Fernández, “ma pomme”; ya ha sido mencionado
más de un vez; sigamos.
Carlos Retuerce: no estuvo antes en los hogares. Ingresó en el HCU por haberse aprendido el Catecismo Ripalda de memoria. Hizo dos cursos en uno y en sexto le expulsaron; lo que fue una manera estúpida como otra cualquiera de tirar el dinero del Presupuesto.
Elías García: no sé si también se tuvo que aprender el Ripalda de memoria, pero el caso es que vino junto con Carlos. Buen pelotari y aunque apenas mayor que yo, mucho más maduro. Venía del campo; se propuso llegar -y llegó. En un exámen de matemáticas con "Centella" resolvió un problema mejor que el resto de la clase. No es que hubiera abierto nuevos cauces a la Teoria de la Relatividad, pero fue un detalle. No fueron sus notas --que no estaban mal-- lo que le dieron la fama de sabio, sino su manera de ser callada, que el silencio impone mucho.
Juan Pablo Deike: hizo el ingreso con nosotros en el
Ramiro y alli se quedó, ya que tenía medios de sobra. Había cometido un
pecadillo bastante rastrero y le expulsaron del HCU.
Los de la promoción del Hogar Batalla de Brunete fueron:
Rafael Castel, el cabecilla nato: fuerte, aventurero
y siempre rodeado de un grupo de acólitos que posteriormente yo asociaba a ese
famoso cuadro de Brueguel en el que un ciego conduce al abismo a una hilera de
ciegos, cada uno sujeto al anterior por medio de un palo. De aquel grupo no se
salvó ni uno.
Pereda: Su tío tenía una tienda de artículos de
escritorio. Más de una vez nos trajo un plumín de oro, extraviado en su
bolsillo. Antonio López: Otro de la cohorte de Rafa que no duró mucho. El
"Pera": Me imagino que luego sería un buen operario.
Octubre de 1943. El Hogar Ciudad Universitaria a
punto de ser inaugurado. La flora todavía no ha tenido tiempo de desarrollarse
y está pero qué muy canija.
Y por último los del Hogar
Francisco Pizarro:
Pedro del Arco: hizo el ingreso con diez años, lo
que era una excepción. Vivía en la Calle de San Bernardo y podía visitar a su
madre todos los días.
Urbano Alonso: una auténtica ardilla dotado de una inteligencia moderna y pronta que le permitía irse conmigo a la Casa de Campo a coger bellotas y luego pasar los cursos con toda facilidad. Fue también mi compañero de juegos en incontables horas en los Jardines de Palacio.
Fausto Canales: El empollón (con razón) por miedo. Sacaba muy buenas notas.
Miguel Moya: No era su fuerte la nota humorística,
sin embargo, chico de fiar.
Francisco Serrano: Hipersensible y débil, que no obstante no ser un lumbreras llegó a médico de talla. ¡Bravo, Serrano! Por un verano fue mi compinche robaperas allá por los pinares de Chamartín.
Federico Aceitero: El cachas. Se pasó enseguida al
estudio de marino de puente, que también los hubo que por falta de información
eligieron marino de máquinas. Los "fogoneros distinguidos", les
decian los de puente, tomándoles el pelo.
Carrascal Redondo: Tenia un poco del pícaro español, vivo, alegre y sin un pelo de tonto. ¡Lástima que no se les echara una mano a estos chicos!
Blesa: Estuvo poco y dejó recuerdo porque en el tranvía inadvertidamente soltó con el pie la pestaña metálica del torno del freno de atrás, y como el manubrio había estado tenso comenzó a girar a gran velocidad hiriéndole en la cabeza y teniendo que ser asistido en la casa de socorro. Ahora que lo pienso, ¡qué pequeño tenía que ser!
Carrascal Redondo: Tenia un poco del pícaro español, vivo, alegre y sin un pelo de tonto. ¡Lástima que no se les echara una mano a estos chicos!
Blesa: Estuvo poco y dejó recuerdo porque en el tranvía inadvertidamente soltó con el pie la pestaña metálica del torno del freno de atrás, y como el manubrio había estado tenso comenzó a girar a gran velocidad hiriéndole en la cabeza y teniendo que ser asistido en la casa de socorro. Ahora que lo pienso, ¡qué pequeño tenía que ser!
Año 1949, Don Julián (el Machote) con tres alumnos
--uno de ellos lleva puesta la camisa azul-- en el comedor. Al principio las
mesas eran alargadas. En la parte superior del ventano más tarde pusieron un
letrero con letras de metal en relieve que decía: “ Office”. El crucifijo me
parece que no se mantuvo. Alumnos: X, Federico Aceitero, Miguel Armengoz.
Miguel Cerrada: Vulgarote y tal, pero excelente muchacho. Amante de la lucha grecorromana. Tenia aficion a escribir novelas (“El misterio de la muela de oro”). Fue doloroso ser testigo de la caida de ese fortachón con alma de niño.
Antonio
López: figura alargada y elegante sobre todo con el abrigo azul que teníamos de
uniforme, prenda que odiábamos tan absurdamente. El y Cerrada íban juntos a
menudo y entonces era yo la víctima de sus bromas.
Por último,
Sánchez Lorenzo: Fue, por asi decirlo, un orfeño de lujo, que vino diréctamente
de su casa a la muerte de su padre que había sido guardia civil.
Un día, leyendo el ensayo "Mirabeau o el Político", por asociación remota me acordé de él; decía: "Su voz de fuerza cósmica anuncia el juicio final del antiguo régimen. Tiene cuarenta años. Es un gigante obeso, con el rostro picado de viruelas"
En las prácticas de química, formaba equipo con Retuerce, quienes consiguieron obtener unos cristales más gruesos que los demás. Claro, como que tenían el catalizador más gordo de todos. ¡Ay!, esos últimos recuerdos poco antes de que cayera la guillotina afeitándome el cuello...
Un día, leyendo el ensayo "Mirabeau o el Político", por asociación remota me acordé de él; decía: "Su voz de fuerza cósmica anuncia el juicio final del antiguo régimen. Tiene cuarenta años. Es un gigante obeso, con el rostro picado de viruelas"
En las prácticas de química, formaba equipo con Retuerce, quienes consiguieron obtener unos cristales más gruesos que los demás. Claro, como que tenían el catalizador más gordo de todos. ¡Ay!, esos últimos recuerdos poco antes de que cayera la guillotina afeitándome el cuello...
Los distintos modos de ingresar en el HCU
Antes de que en el año 39 se le pusiera el nombre de
Ciudad Universitaria el HCU se llamaba Villa Tinuca, nombre íntimo y enamorado
que le había puesto su último dueño, un republicano, antes de "cedérsela
voluntariamente" a Auxilio Social y salir huyendo a Francia a uña de
caballo.
La nueva denominación extraña un poco, ya que allí no estudiaba nadie todavía y además, si de lo que se trataba era de glorificar algo, hay que decir que los únicos que en el frente de la Ciudad Universitaria se cubrieron de gloria fueron las Brigadas Internacionales, al detener definitivamente el avance de Franco hacia Madrid.
La nueva denominación extraña un poco, ya que allí no estudiaba nadie todavía y además, si de lo que se trataba era de glorificar algo, hay que decir que los únicos que en el frente de la Ciudad Universitaria se cubrieron de gloria fueron las Brigadas Internacionales, al detener definitivamente el avance de Franco hacia Madrid.
El nuevo HCU, magníficamente reedificado, fue seguramente una copia de ese otro centro elitista de las juventudes hitlerianas llamado “Mapola”, que el Delegado Nacinal visitó en 1941, en su viaje a Alemania.
¿Cuáles eran los criterios para ingresar en el HCU? Los más dispares y también los más absurdos. Unos ingresaban porque eran los más listos en el hogar de origen; otros por haber ganado el Concurso Nacional de Catecismo, que se celebraba cada año (los hogares, sin embargo, estaban excluidos); algunos por el mero hecho de ser alemanes y los mas exquisitos por ser los más guapos, los "mimados" o "jamados" de las maestras.
También los había que no venían de otro hogar, sino de sus casas, es decir super recomendados. Y por último, los había que aún siendo bastante mayores los pusieron a estudiar simplemente porque ya estaban ahí, en el HCU, cuando lo inauguraron. Pero estos últimos, al haber ingresado en el 39 y con 16 años hay que suponer que eran de “derechas de toda la vida”.
En realidad, la intención que hubo al principio fue
la de poner a estudiar a algunos de los hijos de los republicanos que habían
perdido la guerra. Pero claro, eso no fue más que un chiste de Gila, habiendo
tanto facha recomendao y tanto meapila farisíaco deseando exáctamente eso, una
plaza en el HCU. Así que al final eran la inmensa mayoría.
Parroquia de San Juan Bautista, boda de mi maestra
de “Alto de los Leones”, Berta (Señor, qué cúmulo de ignorancia), y Don Aurelio
(Hogar Cuartel de la Montaña). Yo acabo de ingresar en el HCU y soy el chico de
la derecha, de doce años y medio, con pantalones cortos, rostro inteligente,
pecho raquítico y sonrisa“ à la Gioconda”.
En las manos tengo el último tebeo de Roberto
Alcázar y Pedrín; además voy pertrechado con un escapulario de la Virgen del
Carmen y una medalla de la Virgen del Pilar para que me ayudaran a no pecar
contra el sexto mandamiento –otro no había-, que aun cuando lo teníamos
continuamente en la cabeza paradójicamente nunca lo nombrábamos por su nombre –no
fornicar-, y si lo hacíamos parecía que decías una palabrota.
A mi lado se encuentra Maruja, la directora del
Hogar Alto de losLeones, una de esas“jamonas” a la antigua usanza, de presencia
burguesa, barroca y con muchos refajos de seda negra, aromando a incienso de
Misa Mayor y a cama sin hacer. A menudo --sin darse cuenta, por supuesto-- se
sentaba delante de mí en posición harto descocada (hoy día que tanto se ha
envilecido la lengua se diría “esparrancá”), y yo, olvidando mi pureza y buenos
propósitos, me quedaba absorto... con la mirada perdida entre sus ligas.
Ahí vemos también a Don Julián (el “machote”), Ramón
Armengoz, Don Josemaría, director de Pizarro , que, como decía Urbano,
era un tipo de muy mala leche.
En la última fila, a la derecha, vemos una pantera escapada de algún parque zoológico de lujo, que estuvo en Leones durante tres meses haciendo el Servicio Social. Aunque hacían el mismo trabajo que el resto de las guardadoras estas chicas del Servicio Social destacaban tanto físicamente como en todo lo demás. Hasta las había que eran nobles, como la Sta. Charito, por ejemplo, que era marquesa. A mí, sin embargo, esta pantera de que hablo sin ser marquesa me gustaba más... por guapa. Agosto, 1947.
Ahora voy a hacer una reseña de cómo ingresamos los de Alto deLeones.
En el verano del año 1946, Talayero, Inspector
Nacional de Enseñanza Primaria, se presentó en A. de los Leones, y en presencia
de la directora (Maruja Hidalgo) y de mi maestra (Berta) me hizo un pequeño
exámen. Me preguntó la tabla de multiplicar y a continuación que cuántos lados
tenía un pentágono. Yo que en mi vida había oído esa palabra, después de
vacilar un momente le dije que ocho, por decir un número. Peor hubiera sido que
le hubiese dicho veinte. Así que este buen señor, tan incompetente como el
resto, dándome un cachecito paternal en el rostro me dijo que todavía era muy
joven para ingresar, eso que ya tenía 11 años.
Mi maestra ni se sonrojó ante mi fracaso --que era
el suyo-- quizá para que nadie notara que ella tampoco sabía la contestación
correcta, pues carecía del título. Al año siguiente, no sé si Talayero se había
muerto, si le habían destituido o quizás me había olvidado, el caso es que sin
su mediación aprobé el exámen de ingreso en el Ramiro de Maeztu, aun cuando
continuaba sin saber lo del pentágono. ¡Pero qué pésimamente nos prepararon
aquellas maestras que de tales no tenían
más que la denominación!
En Alto de los Leones, lugar donde reinaba la incultura aderezada con Flores a Maria, me pusieron a estudiar porque era "el que más sabía", es decir, el famoso tuerto en el país de los ciegos, por lo que para chincharme me llamaban”maestro" y yo --tonto de mí-- en lugar de sentirme halagado, me cabreaba.
Pero no hay que engañarse, que todo mi acervo cultural acumulado en siete largos años de clase por la mañana y por la tarde, incluso los sábados, se reducía a saber las cuatro reglas y a leer y escribir --con muchas faltas de ortografía, pues jamás hicimos un dictado--, todo aprendido de una manera burda y de memorieta.
Aquí tenemos a los “matrículas de honor” de 1949,
auténticos “superdotados” –como decían Franco y su prensa-, que sacaban las
matrículas a destajo. Más tarde, la Vida
se pasaba por los cataplines
esas proezas infantiles y a fin de que
las aguas volvieran a su cauce convertía a más de uno de estos empollones en un
vulgar chupatintas de la Administración.
Las libros que tuve fueron escasísimos (¡con la sed que tenía de lecturas!): Los libros de Talayero "Sentir" y "Pensar", editados por Afrodisio Aguado (la editorial de Auxilio Social), que rezumaban ejemplaridad pedagógica; también "Así son nuestros Niños" , los de derechas, claro, no los otros: golfillos con sangre roja en las venas.
Además, tebeos, muchos tebeos: Los del Guerrero deI Antifaz, de Roberto Alcázar y Pedrín; las Azañas Bélicas, y de mucho antes Flechas y Pelayos, Maravillas, Cebollita y Rabanito, etc. Los mejores, sin duda, eran los que venían de América: Tarzán, El Hombre Enmascarado, Ciclón, El Doctor Cicuta, y Merlín, entre otros.
Y por último
los libros con los que más disfruté: "Las Aventuras de Sandokan",
",Aventuras de Guillermo" y "Los Apuros de Guillermo",
libros que me prestaron los hermanos Deike, alemanes, quienes por suerte para
mí también estaban allí, así como los hermanos Junkermann.
Pero los alemanes jugaban, por decirlo de alguna
manera, en otra liga: lo sabían todo (sería porque salían a casa cada fin de
semana; el resto de los niños, una vez al año). A través de ellos supe por
primera vez lo que era un prisma, un bolígrafo, una cámara obscura (qué
decepción cuando la abrí y vi que estaba vacía); una linterna militar de tres
colores y algunas cosas más.
Dado el encierro en que vivíamos –dentro de
la“jaula” de hormigón-- no es de extrañar mi ignorancia.
Antes de cerrar mi parcela diré que en mi clase la gramática y la geometría eran tierra ignota, casi un tabú, mientras que la Historia Sagrada nos la sabíamos de memoria. Algo extraño debió de ver en mí el profesor de Maeztu cuando durante el exámen de ingreso me preguntó si yo también venía de ese colegio.
Hogar
Alto de los Leones, año 1951. Quizá más tarde pongan a estudiar a alguno de
estos chicos. Pero entonces, ¿en qué estado de ánimo llegarán al instituto? Porque
no hay más que verlos transportando al Niño Jesús en andas, cabreados y
aburridos, y con el instructor al lado. Y dirigiendo la magna operación, la
Directora, que además estaba bien gordita.
Elías García,
otro de los del Catecismo, sólo estuvo una semana en Leones. Había llegado
directamente de un pueblo de Ávila, vestido de pana y con los bolsillos llenos
de nueces, pero también con una madurez de espíritu por encima de lo común. No
querían ponerle a estudiar porque ya estaba muy desarrollado y no cabía en la
cama. Las guardadoras, alarmadísimas y muy alteradas, exclamaban "¡pero si
es un hombre!"... Pero él, que sabía perfectamente lo que quería y lo que
valía, presentóse llorando ante la directora con el ruego de se le permitiera
estudiar, a lo que ella accedió.
El último del grupo de Leones fue Juan Pablo
Deike, quien por el hecho de ser hijo de alemanes --como todos los otros
también-- tenía garantizada la autorización. De todos modos, no hay duda de que
tanto Juan Pablo como su hermano Jorge valían lo suyo, mientras que Federico
Junkermann, por el contrario, valía bien poco.
Por una de
esas carambolas absurdas de la vida, muchos años después me encontre con la
mujer de Federico en Alemania, quien había escrito en la escuela para adultos un
trabajo acerca de la vejez y relataba la vida de su marido Federico en los
hogares y la de su suegro como jardinero en la Embajada Alemana de Madrid.
Todos aquellos objetos tan interesantes que llevaba Federico a Leones-- la linterna militar, la cámara, un reloj de pulsera que marcaba las 24 horas, etc.--, se los había “encontrado” en la embajada alemana donde trabajaba su padre, según me dijo su esposa en Alemania (ojo, que se habían separado).
Todos aquellos objetos tan interesantes que llevaba Federico a Leones-- la linterna militar, la cámara, un reloj de pulsera que marcaba las 24 horas, etc.--, se los había “encontrado” en la embajada alemana donde trabajaba su padre, según me dijo su esposa en Alemania (ojo, que se habían separado).
FOTO 22.-
Otro grupo de “superdotados” que han ganado el Concurso Nacional de Catecismo en 1946 al haberse aprendido el catecismo Ripalda de memoria. ¡Pero qué monstruosidad, tío! Ello les daba derecho a estudiar en el "Hogar Ciudad Universitaria".
El primero de la derecha es V. Niño, con aire de “a ver, ¡otro saco
más!”. A su lado se encuentra Serrano, muy obediente y muy formal, que eso
también ayuda mucho en la vida a falta de otros recursos. En el centro, Urbano,
el más listo y alegre del grupo. Luego viene Canales, intentando introducir la
moda “pardales” en Madrid, sin conseguirlo. A su lado, un chaval desconocido
que ya sueña con un puesto en un consejo de administración y se ha puesto una
corbata. Las chicas al fondo --¡condenación, yo las recordaba más guapas!--
también se han aprendido el catecismo de memoria, lo que garantizaba su
habilidad para poner inyecciones en el popó como enfermeras o para enseñar
como maestras el abecedario a los niños.
Otro grupo de “superdotados” que han ganado el Concurso Nacional de Catecismo en 1946 al haberse aprendido el catecismo Ripalda de memoria. ¡Pero qué monstruosidad, tío! Ello les daba derecho a estudiar en el "Hogar Ciudad Universitaria".
Hay un grupo que ingresó en el HCU de una manera especial: el que procedía no de otro hogar o de un concurso de catecismo, sino que eran --por decirlo en nuestra jerga de entonces-- "chicos de la calle", es decir, que habían pasado directamente de sus casas al HCU, en su mayor parte gracias a influencias o a alguna recomendación “facha” (no creo que entre ellos hubiera ni un solo hijo de republicano). A estos afortunados yo les llamaba "orfeños de lujo"; los que, por suerte para ellos no llegarían nunca a comprender más que superficialmente la tragedia que supuso el haber sido un “acogido” de la Obra de Auxilio Social.
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FOTO 23.-
“Del monte en la ladera...”. Sí, en la ladera de los
Cotos, junto a la “Casita”, sobre mullido cesped sentáronse entonces Elías,
Víctor, Romera, Enguídanos, J. Sanz, Molla y dos o tres nombres más que he
olvidado, así como dos que intencionadamente paso por alto.
Otro que ingresó en condiciones parecidas fue Sánchez Lorenzo (tras la muerte de su padre, que había sido guardia civil), mi compañero de curso, quien de acuerdo con su caracter vital y extravertido acostumbraba a manifestarse ruidosamente, suscitando las bromas burlescas de Urbano y de Cerrada.
A ese grupo
pertenecían también la mayor parte de los alemanes, a quienes se admitió a fuer
de un acuerdo entre la Embajada Alemana y Auxilio Social a raiz de la
terminación de la segunda Guerra Mundial.
La embajada se comprometió a ceder todo su capital y bienes muebles a A. Social y por contrapartida A.S., a abrir sus puertas en los hogares a los hijos de los alemanes y también a más de un adulto. Entre estos estaban, por ejemplo, Juan Lampert, Frank y un ingeniero colocado en el hogar de Carabanchel como maestro de electricidad que no habló ni una sola palabra durante todo el tiempo que estuve en su taller, parecia como ido, muerto.
La embajada se comprometió a ceder todo su capital y bienes muebles a A. Social y por contrapartida A.S., a abrir sus puertas en los hogares a los hijos de los alemanes y también a más de un adulto. Entre estos estaban, por ejemplo, Juan Lampert, Frank y un ingeniero colocado en el hogar de Carabanchel como maestro de electricidad que no habló ni una sola palabra durante todo el tiempo que estuve en su taller, parecia como ido, muerto.
El excelente
aparato de radio que se montó en la sala de música del HCU por aquellos años
era de procedencia alemana, de la embajada, pero el altavoz que se conectó con
él en el comedor fue más bien un churro, feo y sin ajustar.
(( Como resultado de ese acuerdo la Embajada Alemana visitó Alto de losLeones en mayo de 1945, a la terminación de la Guerra Mundial. Desde la terraza el embajador y su séquito tuvieron oportunidad de contemplar cómo los niños formaban sobre el suelo del patio la Cruz Gamada. El Embajador Alemán, emocionado y agradecido de que le hubiéramos recordado los días gloriosos deI III Reich, nos regaló un sinnúmero de juguetes alemanes maravillosos: bicicletas, cítaras, mecanos, tanques que despedían chispas, peonzas melódicas... Con ojos como platos yo miraba los juguetes depositados en el suelo, hasta que sin meditarlo mucho me decidí por un magnífico mecano: el sueño de cualquier chico de mi edad. Era una pesada caja llena de poleas, ejes, planchas perforadas y tornillos. Por un momento llegué a creer que me iba a pertenecer por los siglos de los siglos, pero la realidad del Auxilio se impuso enseguida: No bien húbose ido el Sr. Embajador y su rubia cohorte, nos hicieron formar y tuvimos que entregar todos aquellos tesoros que se llevaron para siempre jamás. Con lo bonito que era mi mecano... )).
Otro de los
adultos que también encontró refugio en el HCU fue Egon Nieltop, joven muy
delgado, fragil y elegante y con ese tipo de rostro nórdico de rasgos finos y
algo orientales que tiende a desaparecer. Se decía de él que había sido oficial
de un submarino hundido en guerra, y que por efecto de la presión del agua
había perdido un pulmón. Hablaba español incorrectamente, casi como un niño, y así,
en el comedor gritaba al mozo: "¡Maurisio, tráeme uno cuchara!". Un
día, en el comedor, amenazó al director D. Antonio con un tenedor, lo que no le
trajo otras consecuencias que tener que disculparse públicamente, días después,
ante el director y los alumnos.
Resumiendo: en el HCU se ingresaba por los motivos
más dispares en los que a menudo intervenia la suerte, y una vez dentro puede
decirse sin pecar de desmesurados que todos, o casi todos, estaban
perfectamente capacitados para sacar el bachillerato, sin embargo, ni siquiera
el 30% alcanzó la meta
El Orfe y sus Randas
Aquí me estoy
refiriendo al hecho abominable de robarle los libros al compañero para ir a
venderlos a lo mejor por 1o pts. Eso era un hecho repelente, sin justificacion
alguna, algo así como robarle el caballo a un cowboy, sólo que aquellos
colgaban al cuatrero y aquí lo único que podías hacer era ir al día siguiente a
la Calle de los Libreros a comprar tu propio libro, y una vez abierto,
mostrarle al dueño de la tienda los diferentes sellos de Auxilio Socíal, con tu
firma y todo, puestos en diferentes páginas.
Pero él
haciéndose el sueco se encogía de hombros y te cobraba tres veces más de lo que
él había pagado. Y si además no era tu día, te acababan de poner un cero en
latín por no saberte la leccion al no tener libro.

Más de una vez pensé yo -- que tantas veces he recorrido Francia en bicicleta con una tienda de campaña y dormido en sus campings , que son incontables--, ¿ por qué no se le ocurriría a nadie montar una tienda de campaña en esa plataforma herbosa, al abrigo de la “Casita” y de ese muro de contención? Hubiera sido una idea excelente. Además se podría haber aprovechado para recibir las sobras del rancho, como se hacía pocos años antes en los cuarteles.
Año 1949; las camisas azules ya escasean y los
correajes también. El del bastón en la mano, muy tieso él, parece alemán:
“Donnerwetter, tadellos!” (¡Rayos y truenos, impecable!)
Un objeto especíalmente codicíado por los “chorizos”eran las cajas de compases de los estudíantes de aparejador (cajas negras, protegidas en su interior con un tejido mullido, de color morado) que en aquellos años valían un dineral. Un ratero más osado se subió a una escalera y robó --es de asombro- las letras de metal incrustadas en el arco de entrada del paseo de coches que decían "Hogar Ciudad Universitaría". Tena --por una vez acertó-- no las repuso más.
FOTO 26.-
Ladera de los Cotos. Tres eran de mi curso en el
Cardenal Cisneros y dos del Ramiro de Maeztu. Año 1949. Elias como buen
proletario que era prefiere ir en pelotas que ponerse la camisa azul.
Pero para mí el robo más pintoresco de todos fue aquel en que el ladrón se llevó todos los cortinones de las clases, que iban desde el techo hasta el suelo y debían de pesar arrobas. No me lo explico, a no ser que haya aparecido con una grúa y un camión.
Me parece
recordar, allá en los albores de mi estancía en el HCU, que los estudíantes de
derecho organizaron en la clase un juicio formal, con abogado fiscal, defensor
y un acusado de robo,que en este caso concreto era uno de los mayores. Desde
luego tanto el fiscal como el defensor se veía que estaban en su elemento --eran
muy jóvenes--, y se lo tomaron muy a pecho. Al final, no sé si salió absuelto o
si le ahorcaron.
Otro caso
mucho más grave fue aquel en que se vió envuelto un estudíante de medicina que
tenía cara de boxeador, de rostro plano y pelo negro rizado. Le veo mezclado en
un delito de mucha gravedad en el hospital donde practicaba. Por lo visto
cuando tenía servicio nocturno narcotizaba a sus victimas --generalmente niños--
y abusaba de ellos. Creo que acabó en la carcel. Hay cosas que deberían de esfumarse en
el olvido, sin embargo, ahi están .
El hambre como constante
El reino de los mozos era el office y la cocina, a
donde bajábamos a menudo a ver si había quedado algún resto en las perolas. Y
es que en aquellos años se padecía un hambre permanente, insaciable y en cierto
modo obsesiva, al menos para aquellos que no tenían ayuda familiar.
Seguramente el origen de esa obsesión, más que de la falta de alimentos en sí, era de la falta de proteínas y de grasas. Por eso, por más repollo y garbanzos que le diéramos al cuerpo continuábamos soñando con un pollo asado muy doradito o con un potaje bien lardoso. (Ah, aquel cura barrigudo y epicúreo que venía en Semana Santa a catequizarnos y que llevado por la fantasía decía eso de "si tú te comes un filete pasa a formar parte de tu cuerpo...").
Seguramente el origen de esa obsesión, más que de la falta de alimentos en sí, era de la falta de proteínas y de grasas. Por eso, por más repollo y garbanzos que le diéramos al cuerpo continuábamos soñando con un pollo asado muy doradito o con un potaje bien lardoso. (Ah, aquel cura barrigudo y epicúreo que venía en Semana Santa a catequizarnos y que llevado por la fantasía decía eso de "si tú te comes un filete pasa a formar parte de tu cuerpo...").
Ya dije que algunos bajábamos a la cocina por lo de las perolas. Otros, mejor relacionados con el practicante José María –que era muy beato-, iban a pedirle fosfarina. A los “pequeños” no nos daba nunca nada. Luego había el grupo de los canarios --quizá sea injusto, pero me parece que no tenían muchos amigos--, que todo lo arreglaban con el famoso gofio: harina de no sé qué, que lo mismo mezclaban con la leche que con las lentejas y se lo comían tan felices.
Pero los más afortunados eran los que habían venido
de algún pueblo. A estos sus parientes les enviaban unos paquetes que
contemplábamos con arrobo, pues contenían todo aquello que no veíamos ni en
pintura: hogazas de pan blanco, chorizos, tocinos...
El prototipo de estos paletos con suerte era Navalucillos, chico que se quedó con el gentilicio para siempre, sin que ya nadie sepa cómo se llamaba en realidad. Él era uno de los pocos de los que todavía guardo un recuerdo desagradable, de muy egoista y además forofo del Atlético Madrid (yo también era forofo, pero del R.Madrid). Jamás se supo que hubiera dado ni el más pequeño mendrugo de pan que tan a menudo se engullía a ninguno de los muchos desafortunados que por allí andaban. De color cetrino y delgaducho, andaba siempre metido en discusiones con todo el mundo.
Un día le acompañé a la parada de los autobuses que venían de los pueblos, en la Cava Baja. Alli esperamos largo rato, rodeados de patanes vestidos de pana, las alforjas al hombro y una boina diminuta en la cabeza, hasta que por fin llegó el autobús que traía su paquete. Era un paquetazo y ya digo, no me dejó ni olerIo. Me parece que el practicante también era de su pueblo, lo que le garantizaba una ración extra de fosfarina.
El prototipo de estos paletos con suerte era Navalucillos, chico que se quedó con el gentilicio para siempre, sin que ya nadie sepa cómo se llamaba en realidad. Él era uno de los pocos de los que todavía guardo un recuerdo desagradable, de muy egoista y además forofo del Atlético Madrid (yo también era forofo, pero del R.Madrid). Jamás se supo que hubiera dado ni el más pequeño mendrugo de pan que tan a menudo se engullía a ninguno de los muchos desafortunados que por allí andaban. De color cetrino y delgaducho, andaba siempre metido en discusiones con todo el mundo.
Un día le acompañé a la parada de los autobuses que venían de los pueblos, en la Cava Baja. Alli esperamos largo rato, rodeados de patanes vestidos de pana, las alforjas al hombro y una boina diminuta en la cabeza, hasta que por fin llegó el autobús que traía su paquete. Era un paquetazo y ya digo, no me dejó ni olerIo. Me parece que el practicante también era de su pueblo, lo que le garantizaba una ración extra de fosfarina.
Año 1958,
Barcelona. Sin saber por qué me he remontado a los pies del Gran Hombre para
meditar. ¿O es simplemente que tenía hambre? Porque ahí se me ve muy flacucho…
El tema del hambre llegó a ser tan embrutecedor que hasta los hubo que con tal de poder llenar la barriga dejaron de estudiar y se pusieron a servir de mozos, como fue el caso de Eleuterio y alguno más. A lo mejor ya les habían suspendido, pero para el caso era lo mismo.
Lo aberrante en el HCU era que a pesar de tener el estómago vacío nos vestíamos con trajes hechos a medida, y el abrigo azul que teníamos como uniforme era de buen paño y hasta elegante. Además, para el arreglo de los zapatos teníamos un zapatero que con la entrega de un vale firmado por el director nos ponía unos“philis” (finas suelas de goma adherida), cosía un contrafuerte o clavaba herraduras en las punteras. De todos modos, el que como yo sólo tenía un par de zapatos las pasaba canutas cada vez que tenía que ir al zapatero.
Un día con el propósito de aliviar la situación una
comisión de alumnos se presentó ante Tena, informándole de lo mal que comíamos.
Después de escuchar a los emisarios, pausadamente, el patriarca esclarecido
habló sabias palabras: “Eso está bien, pues como todo el mundo sabe, el pan
atonta. He dicho.”
El HCU y sus Intelectuales
El nivel intelectual en el HCU –aquí no vale equivocarse ni rasgarse las vestiduras-- era sumamente mediocre, y el motivo de ello, bien simple: Allí nadie leía un libro sencillamente porque no los había, aparte, claro está, de los libros de texto que como todo el mundo sabe sólo forman hasta un cierto punto y a veces hasta deforman.
Pero más asombroso que el hecho de que nadie leyera un libro era el de que la biblioteca universitaría estuviera vacía; fenómeno totalmente nuevo, lo nunca visto: Una pomposa biblioteca carente de libros ... ¡genial! Así la gente no se alteraba y de paso se ahorraba cantidad de pasta. Además, los alumnos ya tenían bastante con la lucha diaria por salvar la piel, por comer de vez en cuando y por procurar que no les pusieran un cero.
César, Pereda y Protasio. Están en la entrada de
coches, donde nunca vi que entrara ninguno; ni tan siquiera el carro del
frutero con su burra –como decíamos-, eso que a medio kilómetro de distancia se
notaba de sobra que era un burro.
Si volvemos
la vista atrás vemos que las posibilidades que tuvo el orfe de organizar
actividades intelectuales fueron enormes: Conferencías, coloquios, intercambio
con otros colegios y con el extranjero..., en cambio no se hizo absolutamente
nada en este sentido. Pero es que los responsables, Tena, Carmen de Icaza
(autora de la novela: Yo, la Reina) y Manolita –alta, rubía y jefa de algo-,
por lo visto no tenían ni idea de tales posibilidades.
A ello hay
que añadir que los profesores (celadores), incluido el director Juan L.,
eran unos petardos. Buena falta hubiera hecho un Magariños, el auténtico
pedagogo: inteligente, firme y también comprensivo, que hubiera ayudado a
ampliar el horizonte intelectual de los alumnos.
Por eso no es de extrañar que allí todo lo más que se daba era el empollón, que bien porque estuviera especialmente capacitado, o como consecuencia de que huía hacia adelante, el caso es que sacaban las matriculas como Zatopeck los records: año tras año, sin tregua ni perdón.
Paradigma de esa noble pugna intelectual entre dos alumnos eran Vallejo y Enguídanos, a quienes se habia dada carta blanca para entrar a saco en el curso y acaparar todas las matrículas disponibles. Sus compañeros de curso del Ramiro de Maeztu, desanimados, ya ni lo intentaban, consolándose como podían con los milloncejos de papá.
Hagamos ahora una semblanza escueta de estos dos
atletas del empollaje:
Julián Vallejo: De él guardo el recuerdo de sus simpáticas corbatas de corte sudamericano, muy anchas y de encendidos colores. Pero también de su capacidad de percepción del "Weltschmerz", que en la lengua de Cervantes viene a significar algo asi como el dolor que se experimenta al contemplar el choque de un mundo deficiente contra nuestras apetencias y contra el impulso de nuestra voluntad, que consideramos más nobles.
Julián Vallejo: De él guardo el recuerdo de sus simpáticas corbatas de corte sudamericano, muy anchas y de encendidos colores. Pero también de su capacidad de percepción del "Weltschmerz", que en la lengua de Cervantes viene a significar algo asi como el dolor que se experimenta al contemplar el choque de un mundo deficiente contra nuestras apetencias y contra el impulso de nuestra voluntad, que consideramos más nobles.
El otro era Francisco Enguídanos: el hada madrina
había sido generosa con él, concediéndole la clarividencia del intelecto y la
altura de un Gulliver en el País de los Enanos. De espíritu selectivo y
aristocrático, tenía como un deje de desdén para el “ vulgus orfeñus”, y me
parece que más de uno se enemistó con él por este motivo.
Si al cabo de los años hiciéramos un balance de lo
que se invirtió en más de dos décadas en el PROYECTO "HOGAR CIUDAD UNIVERSITARIA" y al mismo
tiempo consideráramos lo que se hizo --o no se hizo-- de sus posibilidades como
centro de estudios, hoy a la vista de los resultados obtenidos podríamos
afirmar con perfecto conocimiento de causa que aquello fue un FRACASO, dejando a un
lado a ese grupo relativamente pequeño (no sé si pasaron de 80, de 17.000 niños
acogidos en Auxilio Social) que fue capaz de terminar una carrera universitaria.
Me temo que lo dicho anteriormente sea extensivo a
ese otro centro femenino, hermano y casi desconocido, --al menos en los años en
que yo estuve en el HCU--, llamado "Hogar María de Molina", donde
barrunto que las tragedias estuvieron a la orden del día.
El Personal de servicio
Por una de
esas absurdidades propias de la época, el ropero-lavadero situado en el sótano
tenía un muro común con el establo de vacas del vecino, lo que trajo consigo
que al cabo de los años los excrementos y el orín del ganado se hubieran
infiltrado por el muro con la consiguiente descomposición de la pared y el mal
olor correspondiente.
Sin embargo,
las mujeres del servicio, sentadas en corro mientras cosían e insensibles a la
pestilencia, continuaban con su cháchara que iba acompañada del continuo
chirriar que producía el gigantesco bombo de lavar, girando sin cese de uno a
otro lado. Esa lavadora que con tanta
correa de transmision y tanta polea de
técnica moderna tal alarde hacía, hoy nos hubiera parecido una máquina de los tiempos en que se hacía la
mili con lanza.
Julio García –raro y aburrido- y Juan Luis Marina,
ante la fachada con los toldos bajados en verano, con lo que aparecía más
bella.
El mozo más
antiguo que recuerdo en el HCU era Juaquín, quien tenía a su cargo el perro-lobo
alemán "Leal". A Tena no le gustaba, eso que el Führer tenia uno de
la misma raza, o quizá tuviera miedo de él. Así que según creo lo mandó matar,
sin temor a que interviniera la Liga Protectora de Animales, que todavía estaba
en pañales y además bastante lejos. Me estoy refiriendo a los tiempos en que
Tena visitaba regularmente los hogares --no los niños--, que en cuanto los
Aliados ganaron la guerra, no se le volvió a ver el pelo por allí.
De todos aquellos mozos que durante años nos sirvieron la frugal pitanza, a mí sin duda el que me resultaba más simpático era Mauricio, tipo estupendo, humano y diligente que un día aciago sería mi último y dolorido acompañante camino de Carabanchel.
Cuando se ponía el uniforme de chaqueta blanca con botones dorados, parecía como más fino, y su rostro perdía la rusticidad pueblerina. Uno de sus trabajos era pulir con una máquina rotatoria el largo pasillo de las clases, donde colgaban las fotos de unos cuantos atletas en "pose" de correr los 100 m. lisos. (Entre ellos: Leonardo, Enrique Armengoz, Luis Fernández de los Muros, etc).
Al servir la mesa en el comedor, Mauricio escuchaba diariamente las voces que dábamos llamándole acuciados por el hambre, pero él, con una sonrisa comprensiva pasaba como una centella entre dos hileras de mesas, golpeando con el cazo el borde del perolo vacío.
Baltasar: De constitución robusta y bien
alimentado, daba un poco la impresión de un semental. En verano bajaba los
toldos verdes de la fachada principal haciendo girar el manubrio con una mano,
en plan chuleta.
Lucio: El tuerto, era el más retraido
de todos y apenas tenía contacto con los alumnos.
No quiero
dejarme en el tintero el más antipático de todos:
El "Almirante", por el uniforme de portero lleno de galones. Era primo del director, le faltaban unos cuantos dedos y todavía no sé qué hacía allí.
El "Almirante", por el uniforme de portero lleno de galones. Era primo del director, le faltaban unos cuantos dedos y todavía no sé qué hacía allí.
Fernando era el más alto y vivo de todos
los mozos; pero también algo mafioso. Le expulsaron por cometer un desfalco –-hoy
día la cosa más inocente del mundo--, habiéndomelo encontrado años más tarde en
Zaragoza, de feriante. Cuando me vio se echó a reir y me dio un abrazo.
De las limpiadoras sólo recuerdo a Conchita, venida de A. de los Leones, donde sólo ganaba 75 pts al mes. Al enterarse de que me habían botado levantó la voz ante el director Juan . Y yo ahora, desde mi lejano recuerdo, evocándola me digo: Gracias, Conchita, y un abrazo para tí, humilde y valerosa mujer.
Esta era la célebre casita –nombre común- , que por
falta de imaginación de nuestra parte con el tiempo se convirtió en nombre
propio: “La Casita” por antonomasia. -De todos modos, la foto recuerda bastante
a una barraca de Ausschwitz.
Aunque nada más lejos que eso, ya que en aquellos
años de penuria por el solo hecho de poder salir a la sierra ya te considerabas
un“globe-trotter”.
Había también
una chica en el
ropero, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, hermosa, robusta y con
un rostro risueño algo rústico --una auténtica flor silvestre--, que tuvo
varios lances amorosos: con Moreno, el marino, y con algún otro afortunado del
orfe.
En verano del año 51 ayudaba de manera accidental en la cocina del parador situado al pie de Los Cotos, en la Sierra de Guadarrama. Cuando por fin en septiembre se cerró el pequeño y rústico albergue “La Casita”, situada arriba de Los Cotos --donde 26 alumnos del HCU pasaban un mes--, cuatro de ellos, DeI Arco,Estébanez, Urréjola y Ernesto (los otros eran mucho mayores que yo) bajábamos de la sierra en un camión, sentados en bancos de madera. Enfrente de nosotros, también sentada, iba nuestra dadivosa samaritana --la flor serrana--, quien durante todo el trayecto puso el encanto de sus remos inferiores a disposición de las manos nerviosas de aquellos indigentes deI amor.
En verano del año 51 ayudaba de manera accidental en la cocina del parador situado al pie de Los Cotos, en la Sierra de Guadarrama. Cuando por fin en septiembre se cerró el pequeño y rústico albergue “La Casita”, situada arriba de Los Cotos --donde 26 alumnos del HCU pasaban un mes--, cuatro de ellos, DeI Arco,Estébanez, Urréjola y Ernesto (los otros eran mucho mayores que yo) bajábamos de la sierra en un camión, sentados en bancos de madera. Enfrente de nosotros, también sentada, iba nuestra dadivosa samaritana --la flor serrana--, quien durante todo el trayecto puso el encanto de sus remos inferiores a disposición de las manos nerviosas de aquellos indigentes deI amor.
Mas de
pronto, con voz regocijada y burlona, ella exclamó: "Alguien ha
introducido la mano por donde no debía, Ernesto, y yo sé quién ha sido". Pero
yo negaba atolondradamente como el
santito a quien acabaran de pillar comprándose un porno.
Es bello poder recordar --ya en el declive de la vida-- que un día lejano una muchacha hermosa pronunció nuestro nombre, adornándolo con una sonrisa.
Durante el camino nos contó que se proponía ir de corista con una compañía de revistas, lo que no me extraña, con ese cuerpo de bandera, y además sabiendo que con los chicos deI orfe estaba perdiendo el tiempo.
Pero ese tipo
de mujer que ama porque sí, por un derroche de generosidad, raramente tuvo
suerte en la vida. Por eso, hoy como ayer, de corazón pido a mis dioses que
hayan sido benévolos con ella.
La Dirección
La componían
el director y los maestros –sin título-, que eran más bien celadores. El más
viejo era Don Manuel: (el "Cejas"), notario inhabilitado por no haber
sido amigo de Franco. Ya era mayor y tenía una hija en el Hogar Rosa. Hablaba
poco y era más bien de carácter gruñón.
D. Gabriel:
Siempre de buen talante y bonachón, aunque un día que les dió a aquellos
carniceros por castigar a su manera --golpeando-- a algunos que habían faltado a
clase, el bueno de D. Gabriel también participó en el acto heroico. Fue en esta
ocasión cuando Hans Lampert (el Director) , eligió precisamente a los alemanes
que había en el grupo y se cebó con ellos, él y el resto de la Dirección --según
me contó Jorge Deike.
Años después
me encontré a D. Gabriel en Barcelona; había dejado de tocar el violín y
parecía muy desilusionado.
D. Julián: A
éste, precisamente por ser tan amanerado, le llamábamos el "machote".
Era más bien alto y aunque tendía a la obesidad era fuerte. Un día se peleó con
el "Asturíano" y le venció claramente. Ayudaba a Cerrada en los
deberes, me parece que por dinero. Para mantenernos a raya tenía el sistema de
los "puntos malos". Hoy día pienso que en otro medio ambiente hubiera
sido un buen maestro.
El primer director que tuve, D. Antonio, era un tío cargado de espaldas y con cara de mala leche, así que no sorprende que lo primero que me dijera nada más llegar fuera: "a ver, gilipollitas, búscate unos zapatos".
Y por último,
Hans Lampert –el Director-, niño bonito de Tena, con libertad absoluta para
hacer y deshacer a su antojo, sin temor a que el Delegado interviniera, ocupado
como estaba en presentarse como el patríarca bonachón. (Algún día habría que
hacer un estudio más detallado de la cadena sin fin de errores cometidos por
Tena, sobre todo de su eterno inhibirse de toda responsabilidad; de no querer
enterarse de nada).
Aquí lo tenemos, a Don Juan Lamerde, con sus patitas
blancas de bailaor y la daga de nazi sujeta al correaje con hebilla del Frente de Juventudes.
Se había escapado de un campo de concentración de Alemania, y le chiflaba despertar a cualquier travieso “malhechor” por la noche, llevarle a su despacho y allí, a solas con su alma negra y el demonio escapándosele por las orejas, aplicarle los mismos perversos correctivos que los nazis (mejor no describirlos).
Y al tipo este, que ni siquiera sabía hablar correctamente español, sino que hablaba una mezcla de andaluz y moro con fuerte acento alemán (de allí venía), el Delegado Nacional de Auxilio Social (“la eminencia gris de Falange”, según Ridruejo), le había nombrado Director... ¡Pero qué burrada falangista, Sr. Tena!
Se había escapado de un campo de concentración de Alemania, y le chiflaba despertar a cualquier travieso “malhechor” por la noche, llevarle a su despacho y allí, a solas con su alma negra y el demonio escapándosele por las orejas, aplicarle los mismos perversos correctivos que los nazis (mejor no describirlos).
Y al tipo este, que ni siquiera sabía hablar correctamente español, sino que hablaba una mezcla de andaluz y moro con fuerte acento alemán (de allí venía), el Delegado Nacional de Auxilio Social (“la eminencia gris de Falange”, según Ridruejo), le había nombrado Director... ¡Pero qué burrada falangista, Sr. Tena!
El Director
que a mí me expulsó era extranjero. Este Juan Lamerde era uno, y Herr Hans Lampert era otro, también director, que por
cierto se parecían tanto que a menudo los confundíamos, tomando al uno por el
otro.
Hablando de
este Juan Lamerde tengo que decir que como de todo tiene que haber en la viña
del Señor también hubo quien le apreció y hasta le invitaron a sus casas,
considerándole como el "padresito" del HCU, norte y guía de la
juventud a su cargo y siempre dispuesto a tender la mano al uno y a dar un
consejo paternal al otro. Y hasta decían de él: "A éste como nos
descuidemos un poco un día lo vemos en los altares."
Yo por mi
parte, tan tolerante como siempre, respeto la beatería por este virtual San
Juanito. Mas para mí, en representación de docenas y docenas de víctimas y tras
penosísima experiencía personal en las manos de este abyecto tipo, sólo puedo
decir que guardo de él un recuerdo
negro, afincado en un mundo de
pesadilla.
Quizá fueran
los ojos, frios y despiadados, lo que le daba ese aire de sabandija, de
proscrito de la comunidad humana y que me traen a la memoría los versos de
Antonio Machado: “Mala gente que camina / y va apestando la tierra...”
Una vez más, el “patitas” realizándose a su manera
con un“dejad que los niños se acerquen a mí” .Y ahí está, todo mimoso--¡con esa
jeta!--, dándole la papillita a uno de los chavales. La facha que ofrecía el
fulano... vamos, para vomitar . Año 1949.
Los primeros pobladores
Nada más terminada la Guerra
Civil, “Villa Tinuca” y otras tantas fincas más de la Ciudad Lineal fueron
incautadas, es decir, todos los hogares de la C. Lineal así como el Hogar Clara
Eugenia en Hortaleza pasaron a poder de Auxilio Social por la jeta o por un
precio de limosna. Con lo que se empezó a albergar por primera, según aquella canción cursi con música nazi, a los
"niños, pobres inocentes, que de la guerra no tienen papá" (¡toma,
como que los "salvadores de España" les habían puesto en un paredón y pegado cuatro tiros!).
Lo cierto es que cuando yo estaba en el hogar de al lado, en Alto de los Leones, año 1940, los chicos de Ciudad Universitaria eran muy mayores y vivían en un estricto régimen militar-falangista. Uno de aquellos "primeros pobladores" era Garcés, el cabo de gastadores, alto y fachendoso, con espinillas en el rostro y camisa azul despechugada. Era en cierto modo el prototipo de una generacion apenas adulta, cuyo programa de vida habia quedado roto por culpa de la Guerra Civil y que una vez acabada se encontraron sin oficio ni beneficio, desorientados, en un mundo arrasado y revuelto.
Por eso no es de extranar que
todavía por mucho tiempo vivieran impulsados por ideas bélicas que como última
consecuencia les llevó a enrolarse de voluntarios en la División Azul. A este
género de hombres pertenecían, por ejemplo, gran parte de los instructores que
aparecían y desparecían en los hogares, sin que nadie supiera de dónde venían
ni adónde iban.
Uno de ellos, en Leones, recuerdo que volvió al cabo de cierto tiempo cubierto de harapos como descargador deI camion deI suministro. Otro de los chicos de la primera hornada deI HCU fue Mundo, que jugaba muy bien al futbol.
Uno de ellos, en Leones, recuerdo que volvió al cabo de cierto tiempo cubierto de harapos como descargador deI camion deI suministro. Otro de los chicos de la primera hornada deI HCU fue Mundo, que jugaba muy bien al futbol.
En un
bonito parque de Zaragoza estoy acompañando a cuatro hembras del Hogar María de
Molina o del Hogar de Hortaleza, no recuerdo bien. Lo más seguro es que nos
fuéramos todos a pasear porque nadie tenía un duro en el bolsillo para ir al
cine. En fin, que nos reimos bastante, respiramos aire puro y lo pasamos muy
bien de manera inocente, según las normas vigentes. Y a lo mejor hoy día,
rodeadas de nietecitos, hasta se acuerdan de mí.
El estilo fascio-castrense en que vivían me parece que se mantuvo en el HCU hasta la terminación de la Guerra Mundial, en que las ideas fascistas se vinieron abajo y obligó a dar un cambio de rumbo a la educación que se daba en los hogares, al menos formalmente. De todos modos, en la foto deI año 49, en la Casita de los Cotos de la sierra, los chicos todavía llevaban camisa azul. Cuando yo fui en 1951, llevábamos camisa a cuadros.
Me parece que fue en aquellos años cuando un nutrido
grupo de chicos empezó a estudiar perito agrónomo, carrera facilona que se
miraba un poco despectivamente, pero que muy pronto, con el auge económico
posterior, serían muy buscados.
Ahora voy a sacar del olvido algunos de esos
primeros pobladores:
Vargas: De él no recuerdo más que
un rostro anodino y su traje de pana.
Adonis: Era un ñarra de buen talante que andaba loco por las hembras.
Adonis: Era un ñarra de buen talante que andaba loco por las hembras.
Luis Fernández de los Muros:
Elegante, fino y con una habilidad extraordinaria para hacer trucos con las
cartas.
Luis Álvarez: Era más bien de la
masa y estudió aparejador. Hizo las prácticas de milicias en Zaragoza y a
continuación se colocó en el departamento de arquitectura de la Delegacion
Nacional.
Máximo: Uno de los mayorzones. Le
veíamos muy poco y no sé qué estudiaba. Era chupado de cara, pero atlético
de cuerpo.
Moreno: Estudiaba ingeniero de
caminos y le gustaba lucir unas albarcas de pastor que tenían las suelas de
goma de neumaticos de coche. Me imagino que hoy tendrían un alto precio museal.
Tenía el pelo muy moreno, y me pasaba temporadas enteras sin verlo. Él como
otros varios estaba bien situado, no habiendo estado ni antes ni después en
ningún hogar.
Del Pozo: Chico serio. Acostumbraba a decirnos, al menos a mí: "oye, vete al economato y tráeme un cuarterón de tabaco", y era dificil negarse. Cuando años más tarde volvimos a vernos, se acordaba perfectamente de mí y me saludó con una sonrisa afable y cordial. En la boda de un allegado suyo firmaron como testigos Tena y Carmen de Icaza.
Del Pozo: Chico serio. Acostumbraba a decirnos, al menos a mí: "oye, vete al economato y tráeme un cuarterón de tabaco", y era dificil negarse. Cuando años más tarde volvimos a vernos, se acordaba perfectamente de mí y me saludó con una sonrisa afable y cordial. En la boda de un allegado suyo firmaron como testigos Tena y Carmen de Icaza.
Leonardo: Estudiaba marino de
máquinas. Era “le beau" de las mujeres por su pelo rubio rizado, de
caracter sosegado y muy atlético. Más tarde creo que se colocó en una agencia
de viajes en Sevilla.
Ramón Armengoz: En una foto del año 43, en Leones, está con el correaje doble de falangista, seguramente de jefe de centuria. Fue el eterno estudiante de medicina y dadas las facilidades que tuvo, un auténtico fracaso. Cuando se pusieron duras y hubo de dar el callo tuvo que ganarse el pan de cada día de representante de productos farmacéuticos, y cuenta la leyenda que el día que inadvertidamente se presentó en el despacho del Dr. Serrano (el que creíamos que valía tan poco), al verle, sin decir una palabra dio media vuelta y salió de naja.
Miguel Lanza: Estudió marino de puente y se examinó en Barcelona, sacando el n° 1 de su promoción. Allí nos hicimos amigos, dentro de sus posibilidades, que él aparte de inteligente (me decía: "ahora estaría en disposición de estudiar ingenieria") era también muy exclusivista. Aunque bajo de estatura, tenía éxito con las mujeres.
Como
tenía demasiado espacio libre he tenido que meter la primera foto que encontré,
que mira por donde resultó interesante, ya que nos presenta la España de Franco
de los años cuarenta y algunos más. En la foto se puede apreciar la facilidad
de cintura de las mujeres transportando el cántaro y el atractivo que tienen
incluso vistas por detrás, al menos la del centro.
--Oye, mira, por ahí viene el tío Roque con las mulas. --Sí, buen pájaro es ese. Pues que se ande con cuidado, que ayer le vieron salir de ca la Filo pero que muy a deshora.
--Oye, mira, por ahí viene el tío Roque con las mulas. --Sí, buen pájaro es ese. Pues que se ande con cuidado, que ayer le vieron salir de ca la Filo pero que muy a deshora.
Barsimeo: Ya salió de este mundo para dirigirse a regiones más luminosas. Era un buen escalador.
Rotellar: No sé qué estudiaba.
Chico elegante, con algo de estrabismo en la vista y sin embargo de atractiva
presencia. Jugaba muy bien al ajedrez y ganó el campeonato que organizó Tena;
el de los pequeños lo ganó Urbano. El premio para Rotellar fue un reloj suizo,
un longines, y una camisa de lujo.
Estébanez: Estudió aparejador.
Bajo la dirección de Frank era el encargado de dibujar los emblemas de Auxilio
Social (la chapa, como se decía, porque al principio habían sido de metal), y
que hoy se pueden adquirir en la reunión dominical de los filatélicos en la
Plaza Mayor. Además, él pertenecía a un grupo que frecuentaba La Casita de Los
Cotos, entre otros, Barsimeo y Paco Pereda.
Paco Pereda: No pertenecía al orfe, pero mariposeaba
a menudo por allí. Era un magnífico escalador (en el Guadarrama hay un pico con
su nombre), estupendo atleta y ...“ de la otra acera”. También buena persona.
Conducía la moto gris deI Auxi, con letrerito y todo. Ahora estará entre los
ángeles, que son de sexo neutro.
Villareal : Estudiaba medicina, y
ejercitando como matasanos me puso una inyección de calcio que debiera haber sido
intravenosa, como intramuscular, que es lo mismo que si me hubiera inyectado el
fuego deI averno.
Urréjola: Estudiaba derecho.
Estaba delgadísimo (alli no habia gordos), y se decía que tenía la solitaria, y
que se le curaría poniendo un plato de leche muy dulce delante de la boca, pero
que de nada serviría si la cabeza de la solitaria se quedaba dentro.
Garzón: Era de tipo más bien desgarbado y muy delgado. Nunca sonreía a pesar de tener una novia preciosa, rubia, creo que de Maria de Molina. Se le respetaba mucho, y esa veneración tenía su origen en un equívoco, en la creencia de que hacía dos carreras al mismo tiempo: ciencias físicas y matemáticas, lo que no era cierto, porque si bien la física hace uso continuo de las matemáticas y tiene algunas asignaturas de la misma, son en realidad dos carreras distintas, según me dijo el hijo mío, que es doctor en Ciencias Físicas.
DeI Arco: EI futuro abogado. Era el más alto de todos, y en el año 48 una tarde volvió alucinado de ver a Rita Haiword bailar un baile erótico en la pelicula Gilda. Nosotros al escucharle nos bebiamos sus palabras cuando decia: "y va y lentamente se quita un guante...”
Algunos de los que fueron botados
Parra: Chico muy risueño, a quien le gustaba mucho leer novelas. Como la mayor parte, estaba sin madurar.
Graupera: Cuando ingresamos jactanciosamente nos
decía "pipiolos". Duró poco. Luego trabajaba de carpintero en
Barcelona.
Maruri: Dormía en la cama siguiente a la mía; buen chico, unos cuatro años mayor que yo, a quien ya le tiraban las chavalas. A su habitación fui a parar, a pesar de que todos era mayores, porque D. Julían me pilló fumando en la cama, al lado de Retuerce, y creyendo que él era el culpable, me trasladó a otra habitación.
Velasco: Quien andaba siempre con las zapatillas en chancleta, quizá porque le olían los pies. Al andar dejaba detrás de sí una estela de olor a queso manchego, qu’ era demasiao.
Balmaseda: También de la habitación de Maruri. Estudíaba marina y me sacó el mote de "Corredor" porque por las noches cuando iba al water que estaba al otro extremo del pasillo, iba descalzo y corriendo, no sé si de frío o de miedo.
Nuestro mundo en los hogares antes
de hacer el ingreso de bachillerato: La Iglesia, la Falange y el Auxilio
Social. Y con esas premisas pretendían que tuviéramos éxito en el bachillerato;
¡pero qué gente tan inepta guiaba nuestros pasos!
Vázquez: Estupendamente desarrollado físicamente, jugaba al futbol muy bien. Era de temperamente calmoso y guasón y no temía a ninguno fisicamente, por lo que se permitía muchas bromas más bien inocentes. Cuando íbamos al cine, para él era la hora del "lote", pues siempre tenía alguna de las damas del Hogar María de Molina --tan desorientadas como él mismo-- a su lado. Era del mismo pueblo que Zamorita, a quien protegía.
Blas: Tipo largirucho; lo tengo en dos fotos en el
año 50, sentado amistosamente junto a Juan Lampert, en Los Cotos, antes de que
éste le hubiera dado la patada; también vestido de falangista en Carabanchel.
Pascual: ¡Qué pérdida para todos significó la marcha
de este chico! Era sencillamente magnífico. Aunque no era de mi curso, yo
admiraba sin embargo su gracia abierta, su inteligencía y su sentido del humor.
De su rostro abierto y pecoso se desprendía la alegría de vivir. Me imagino el
impacto que significó para él el tener que caminar para siempre extramuros,
abandonando a sus amigos.
Ernesto: Este pequeño soñador no lo voy a comentar --sería
poco elegante--; prefiero que estas hojas volanderas lo hagan por él.
*****
APÉNDICE
de mis recuerdos en Auxilio Social
Me decidí a escribirlo después de haber leido la historieta dislocada en forma de memorias de un
ex-"acogido", quien sostenía que la Tierra era plana y Auxilio Social, un centro de recreo.
(Julián Llejo).
Por lo visto no existe estadística
ninguna donde consten los datos más elementales de lo que fue el Hogar Ciudad
Universitaria, es decir, el número de alumnos que pasaron por allí y cuántos de
ellos obtuvieron un título, lo que resulta sorprendente, ya que se trataba nada
menos que del "Hogar-Escaparate" más emblemático de todo el Auxilio
Social, (AS).
El equipo de hockey del HCU en una de sus salidas
para enfrentarse a otros equipos, todos muy finos, aunque aquí ya se adivinen
los primeros síntomas de disolución. Era 1959. Dos años después, al quitarles
el colchón, comenzó la desbandada.
Según mis cálculos --aunque seguramente me
quede corto-- por allí pasaron unos 300 alumnos desde 1941 hasta 1961, que fue
cuando se cerró. Como resulta que el título lo obtuvieron únicamente unos
ochenta, el resto, o sea el 60% de los alumnos, se había ido a pique.
Al llegar aquí quiero señalar algo muy
importante: Poquísimos de los que tuvieron éxito procedían de un hogar en el
que hubieran permanecido varios años, antes de ingresar en el HCU.
EI interno sufridote y de ley que llevaba más de dos años en el AS fracasó casi siempre nada más empezar, en primero o segundo de bachillerato, debido a su baja formación escolar y también --importantísimo-- debido a su falta de formación intelectual y espiritual, o dicho de otro modo: por culpa de la deformación anímica --denominada científicamente "hospitalismo" -- sufrida como consecuencia de su larga estancia en los hogares.
EI interno sufridote y de ley que llevaba más de dos años en el AS fracasó casi siempre nada más empezar, en primero o segundo de bachillerato, debido a su baja formación escolar y también --importantísimo-- debido a su falta de formación intelectual y espiritual, o dicho de otro modo: por culpa de la deformación anímica --denominada científicamente "hospitalismo" -- sufrida como consecuencia de su larga estancia en los hogares.
Mi promoción era de dieciocho alumnos y
terminaron la carrera cinco; la de Vallejo era de cuarenta y terminaron cuatro.
No obstante, nadie exigió responsabilidades al Delegado Nacional, Manuel
Martínez de Tena, ni a la Secretaria Nacional, Carmen de Icaza, quienes en
última instancia fueron los responsables del fenomenal fracaso de tanto
estudiante, por un lado y del despilfarro económicoque aquello significó, por
otro.
En las citadas memorias también se dice que
AS era un medio muy recurrido por las clases humildes para conseguir un ascenso
social. Esa peregrina idea sólo la pudo tener alguien pésimamente informado, ya
que en aquellos años de hambre y angustia (1939-1948), si alguien pensó en AS
no fue de ninguna manera porque allí "se pudiera incluso hacer una carrera
universitaria" (un pobre obrero que no sabía qué dar de comer a su familia
al día siguiente ¿cómo iba a ponerse a pensar en estudios y universidades que
no conocía ni de oidas?), sino como muy certeramente dice otro ex: "As era
como un lugar para comer".
Hasta aquí el tema ha estado relacionado
únicamente con el Hogar Ciudad Universitaria, pero ahora voy a pasar a otro
hogar, a Alto de los Leones,
donde estuve de 1940 hasta 1947:
Cuando en otro libro que leí sobre el
tema de AS la autora describía los castigos que se aplicaban, no pude por menos
de soltar la carcajada. Decía: " ... y entre ellos estaban la amonestacion
y la amenaza de privación del postre (¡pero si en Alto de los Leones nunca nos
dieron postre!), hasta la pública vergüenza de tener que comer solo ... ").
Al leer esto me di cuenta de que la
autora tenia una idea muy confusa de lo que era aquello. A nosotros esos
castigos burgueses de tener que comer solos o acompañados nos la traía floja
con tal de que comiéramos. La realidad era, si se daba el caso, tener que quedarse
firmes en el mástil mientras los demás cenaban e irse a la cama con el estómago
vacío.
Diciembre, 1941. Mi hermano mayor y yo en los
porches del Hogar Alto de los Leones. La visita aquella hace tiempo que la olvidé, pero
quien quiera que nos hiciera la foto a mí me sacó -- a pesar de los
pesares--optimista y emprendedor, casi entusiasta. ¡Bravo, chaval!
Los hogares de AS, hasta los doce años --¡los decisivos, voto a Sanes!--, eran sin duda alguna lo que en sociología se denomina Instituciones Totales, en las que sólo había sitio para una determinada forma de hablar y de obrar --es decir, de pensar-- y en el que las ideas políticas y religiosas no eran más que un conglomerado de creencias triviales permanentemente envueltas en una atmósfera de rito religioso, aburrido y ñoño, como eran el Santo Rosario de cada día o las Flores a Maria deI mes de mayo.
Sólo el recordarlo me hace sentir de nuevo el tedio indecible de aquellas tardes, perdidas de rodillas, mientras fuera, en el patio vacío, el cielo azul y el sol de la infancia derrochaban su esplendorosa belleza.
Los hogares de AS, hasta los doce años --¡los decisivos, voto a Sanes!--, eran sin duda alguna lo que en sociología se denomina Instituciones Totales, en las que sólo había sitio para una determinada forma de hablar y de obrar --es decir, de pensar-- y en el que las ideas políticas y religiosas no eran más que un conglomerado de creencias triviales permanentemente envueltas en una atmósfera de rito religioso, aburrido y ñoño, como eran el Santo Rosario de cada día o las Flores a Maria deI mes de mayo.
Sólo el recordarlo me hace sentir de nuevo el tedio indecible de aquellas tardes, perdidas de rodillas, mientras fuera, en el patio vacío, el cielo azul y el sol de la infancia derrochaban su esplendorosa belleza.
El preguntar
por la intimidad personal en el hogar no tendría sentido, ya que no la había en
ningún momento, ni siquiera en el wáter, pues carecían de puerta.
Sin embargo, a la larga, lo más dañino de todo fue sin duda la REPRESION PERENNE que reinaba en Alto de los Leones, y seguramente en todos los hogares análogos.
El que no se permitiera en ningún momento el que un niño hiciera esto o lo otro sin temor al castigo. El no poder hablar ni reir en los recintos ni en la formación; el tener los brazos cruzados, las mangas bajadas y el botón superior de la camisa abrochado cuando se iba a misa.
Año 1949. Grupo de niños austríacos en el Hogar
Batalla de Brunete. Los han traido para que se repongan, eso que más de uno nos
sacaba la cabeza y algunos ni cabían en el jersey. Las mujeres son las
guardadoras, y el único varón - con pinta de persona civilizada- no es, claro
está, instructor de falange, sino el maestro que les acompañaba.
Asi pues, lo mejor era eso: Fundirse en la uniformidad, no destacar en nada; ni levantar la voz ni salirse del grupo; ser un borrego formal, carente de deseos y de inquietudes intelectuales; no pedir libros ni juegos colectivos, ni tampoco intentar fundar un coro o un grupo de teatro, o quizá, el más poeta, proponer organizar unos juegos florales ...
Asi pues, lo mejor era eso: Fundirse en la uniformidad, no destacar en nada; ni levantar la voz ni salirse del grupo; ser un borrego formal, carente de deseos y de inquietudes intelectuales; no pedir libros ni juegos colectivos, ni tampoco intentar fundar un coro o un grupo de teatro, o quizá, el más poeta, proponer organizar unos juegos florales ...
Todo, absolutamente todo, estaba
prohibido. Tanto el pasar a los patios adyacentes, abandonando en el que
estábamos recluidos (la "jaula" de hormigón), como el penetrar en el
edificio o en las clases (¡ay, aquellas tardes heladas de invierno en el patio
... !).
Prohibido estaba también el ir al wáter sin permiso (¡Arriba España,
Señorita, ¿puedo ir a orinar?), como así mismo volver la cabeza en la iglesia.
Y por supuesto, el mirar por la ventana de arriba para ver cómo se bañaban las
guardadoras en la piscina por la noche al amparo de la obscuridad, quizá por
modestia o acaso porque carecian de bañador y tenían que hacerlo en bragas y
sostén ofreciendo asi un espectáculo "nefando" para la inocencia --a
esa edad no era inocencia sino estupidez-- , de los niños de Leones.
Por eso no es de extrañar que con tanta prohibición y tanta cohacción la mayoría de los internos salieran de Auxilio Social con el espíritu y el intelecto desmedrados, carentes de iniciativa y mermada en extremo su capacidad afectiva. En fin, para qué seguir; digamos sencilla y llanamente como diría Cervantes: De allí salió mucho psico y mucha neura.
Y ahora, despues de tantos años, ¿qué me traen los recuerdos cuando pienso en aquellos irredentos hogares de AS? Pues me traen los nombres y los rostros de las maestras y de los instructores de falange que dominaban nuestras vidas; sus actos, dictados por la ignorancia y el sadismo; asi como el hambre, el frio y los malos tratos que padecimos.
Pero también, en el rincón florido
del recuerdo, está el rostro querido de la niña de un hogar femenino, ataviada
con un uniforme azul marino y calcetines blancos que casualmente encontré en
una salita de espera de la Delegación Nacional. No nos dijimos una palabra; su
sonrisa, sin embargo, era cálida, y su mirada, llena de admiración por aquel
vagabundo que no se hartaba de contemplar en los ojos de ella el Universo
profundo...
Si se desea dejar un comentario, hágase a final de página, que en todo caso será contestado.
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(Las fotos son todas de mi colección privada)

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